Honey, que tanto me hizo llorar

Cuando la vimos por vez primera no sabíamos si era macho o hembra, de eso hace ya tiempo.  Primero fue mi mujer, paseando a nuestro perro Lanzarote, y me dijo que era muy temeroso y no podía acercarse a él.

Parecía perdido, o más bien abandonado. Andaba buscando alimento, supimos después, pero siempre huía al intentar el acercamiento. Aparecía casi todos los días. Lo veíamos de lejos, suponíamos -y suponemos- que era un perro de caza de los muchos que hay abandonados por sus dueños, cuando son viejos o si no valen para la caza.

Me hacía sufrir aquel perro al que no podíamos ayudar, porque no se dejaba o no sabíamos convencerle. Era invierno, y trataba de suponer dónde pasaría las noches, con tanto frío.

Honey, hoy feliz ya.

Pero, como dice la ley de Murphy, no hay situación, por muy mala, que no sea susceptible de empeorar. Y empeoró.

Me dijo mi mujer que lo había visto que llevaba un pata colgando. Efectivamente, arrastraba una pata trasera, completamente fláccida, como si fuese unida al cuerpo por la mera piel. El pobre animal debía haber sido atropellado o golpeado por alguien con el alma muy negra.

Llegaron las lluvias y fueron muchos días y muchas noches en que lloré, imaginando cómo estaría aquel pobre perro. Y no sabía qué hacer. Aparecía a veces, arrastrando su pata y, tan pronto veía a alguien, huía entre las plantas yendo a Dios sabe dónde.

Como su aparición se repetía en ocasiones por una zona concreta junto a una rambla seca, decidí poner un cuenco con comida y otro con agua, un poco escondidos, tras un árbol y cercanos a su punto de huída y escape. Al día siguiente, el cuenco de comida estaba vacío.

Yo no sabía, claro, si era él quien lo comía o eran otros perros u otros animales, ya que por allí también hay liebres, algún zorro que otro, muchos gatos, y hasta un jabalí se ha visto. El caso es que aquello se repetía, yo echaba pienso y luego este desaparecía.

Decidí que tenía que saber si era él o no a quien estaba alimentando a ciegas. Fui a observar escondido algunos ratos libres y, por fin, una de las veces ¡apareció! Fue derecho al sitio a comer y, cuando acabó, se marchó por donde había venido, cojeando, aunque la pata ya no le colgaba tanto como antes. Parecía que empezaba a soldar, o al menos eso queríamos pensar mi mujer y yo.

La segunda vez que lo “cacé” le tomé algunas fotografías, de lejos. con el zoom y, en cuanto me hice ver para llamarlo, escapó corriendo. No pretendía llamar a la perrera, ya que sabía el destino que correría el pobre animal. La inmensa mayoría son sacrificados, aún estando en buenas condiciones; estando cojo era una condena a muerte segura. Lo que quería era avisar a alguna protectora por si ellos, que tienen más experiencia, eran capaces de capturarlo y protegerlo.

De lo que nos enteramos entonces, por casualidad, fue que aquel pobre animal tenía otro ángel de la guarda que lo cuidaba en la medida posible. Era una vecina a la que conocía mi mujer, aunque no vivía muy cerca de nosotros. Ella también le ponía comida y agua. De modo que tenía dos puntos de avituallamiento, aunque no se dejaba acercar a nadie. Su terrible miedo indicaba que había sido maltratado anteriormente.

Pero la situación iba a mejorar, por fin. Aquella vecina consiguió que fuera confiando en ella y la dejaba acercarse más. Eso hizo que pudiera dejarle ropas viejas que le sirvieran de cama, e incluso, con el tiempo, acariciarlo un poco. El paso siguiente era intentar capturarlo. Con ayuda de otra amiga, lo intentaron, un par de veces, pero no lo consiguieron. Huía y escapaba siempre.

Finalmente, consiguieron atraparla. La llevaron al veterinario, sobre todo por la pata, para ver si podía arreglarse aquello. Tenían dudas entre operar, amputar o dejarla tal y como estaba. Entre todos, nos ofrecimos a pagar la operación para restaurar aquella pata. Sin embargo, el veterinario aconsejó finalmente dejarla sin tocar. El hueso había hecho callo y, aunque la pata no estaba muy estética, terminaría por poder apoyarla bien y usarla. Se supo también que no era perro, sino perra. Y que además, estaba preñada.

Lo que sí había que hacer era esterilizarla. Y se hizo. Se perdió la camada, claro. Eran 16 los perritos que llevaba, aunque en fase muy poco avanzada.

Como nadie podíamos quedarnosla en casa, el destino era, tras esterilizarla y recuperarse, seguir alimentándola pero… viviendo en la calle, salvo que se le consiguiera “alojamiento” en alguna institución.

Costó un poco pero, finalmente, entró en una protectora que le dio cobijo. Ahora es una perra feliz y alegre. La bautizaron como “Honey”. Hace poco hemos ido a visitarla. Le gusta mucho correr tras las pelotas de tenis y similares. ¡Qué lejos quedan aquellos tiempos en que iba arrastrando su pata!

Me hizo llorar mucho porque los perros tienen el don de hacerme soltar lágrimas; ya sea en la vida real, en la literatura, en el cine… soy así de blandito en el terreno canino.

Pero ahora, ella es feliz, y nosotros, mi mujer y yo, también.

 

Pero

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