¿Por qué no matar todos los gatos?

Desde siempre se ha sabido, claro que sí, que los gatos están asociados a las brujas, los herejes, los demonios en general y al Diablo, con mayúsculas, en particular. Hasta el Paga Gregorio IX lo declaró, en 1233, la reencarnación de Satanás. Y sabemos que el Papa no se equivoca nunca. Nunca. Y por si quedaba alguna duda y todavía quedaban remolones que miraban con condescendencia a los mininos, luego vino el Papa Inocencio VIII y, en 1484, excomulgó a todos los gatos. Además, aquellos que estuvieran junto a brujas (que prácticamente eran la mayoría de las mujeres que viviesen solas), debían ser quemados con ellas. Con un par.

Después vinieron las terribles plagas de la peste negra o peste bubónica, que se cargó a millones de europeos. Ojito al dato: millones. Una peste que transmiten las ratas, o mejor dicho, los parásitos que viven tan ricamente en las ratas. Por cierto, las ratas no habían sido excomulgadas ni nada de eso. No había prácticamente gatos que las mantuvieran a raya, de modo que se reprodujeron, no como conejos, sino como lo que eran, como ratas, que son aún más prolíficas. Y claro, salen algunos tontos por ahí diciendo que si hubiese habido gatos, no habría pasado eso, y que en el pecado cometido con los felinos llevaron la penitencia de la peste transmitida por las ratas.

Pues no señor. Si castigó la divinidad a aquellas gentes fue por no seguir al pie de la letra a aquellos sabios papas y no haber exterminado a todos los gatos. Porque alguno que otro se escapó. Y mira que lo intentaron las gentes de bien de entonces: ahogándolos, quemándolos, decapitándolos… Pero nada, siempre hay algún satánico minino que se esconde y escapa a la justa ira de los creyentes. Y por eso, por eso y no por otra cosa vinieron las plagas. Estoy convencido de ello.

Los engendros satánicos

Ha pasado el tiempo, las cosas son de otro modo, afortunadamente. Y ya no hay que hacer cosas tan desagradables como decapitar o quemar vivos a esos engendros del demonio. Para eso están las perreras. Es mucho más higiénico y menos desagradable. Ni te enteras de lo que pasa ni ves lo que ocurre. Simplemente, de un día para otro, los gatos que estaban ahí por la calle, molestando tanto, ya no están. Una llamadita telefónica a quien corresponda… y punto.

Llamada telefónica… gato encerrado.

Y es que, en estos tiempos que corren de gente tan descreída y que ha perdido el temor de Dios, siempre quedan buenos ciudadanos que aún conservan en sus genes esa mezcla de odio y temor a esos malvados seres demoníacos que son los gatos. Y si son negros, ya ni te cuento. El gato negro, el perro negro, el gallo negro… todos reencarnaciones de Satanás. Si se te cruza un gato negro por la calle… mal vas. Y si alguien decide adoptar un perrito (o comprarlo, que es mucho más guay porque es signo de poderío económico y de adquirir pedigrí, que es la sangre azul en los bichitos), como el perrito sea negro, lo tiene muy chungo.

A los negros no los quiere nadie (sigo hablando de perros ¿eh?) Y todo eso es gracias a esa sabiduría innata que nos transmitieron en la Edad Media, aquella época gloriosa del conocimiento y las luces, y que aún llega hasta nuestros días en algunos miembros de nuestra sociedad.

Actualmente, cuando en una comunidad de vecinos ronda algún gato, siempre habrá un justo defensor del bienestar de todos que llevará el problema a la asamblea vecinal para que se tomen las medidas oportunas y el malvado bicho deje de escarbar en las macetas. O la cosa puede adquirir valores épicos, como en el caso de los gatos del Foro Romano de Cartagena, donde las gestiones bien hechas por algún vecino vigilante han logrado que los seis integrantes de la colonia hayan sido trasladados a la perrera municipal.

Humfrey, Fabius, Peluda, Tintín, Marcelo y Ocico.

No a la desaparición de las colonias de gatos callejeros

¿Que los gatos estaban castrados, atendidos higiénica y sanitariamente por la Protectora Cuatro Gatos CT, y que habían sido legalizados por el anterior equipo de gobierno? Vale, pero eso son minucias, detalles sin importancia. ¿Qué son todas esas formalidades comparadas con la satisfacción de haber retirado de la circulación esos engendros del mal?

Hay que seguir los buenos ejemplos y alejarse de los malos. Un ejemplo a seguir es el Ayuntamiento de Cabra, donde se han propuesto exterminar a todas las colonias ferales.

Fuera gatos – Vivan las ratas (Cabra)

Y un ejemplo a no seguir es el del Ayuntamiento de Madrid que anda por ahí extendiendo carnés de cuidadores de colonias felinas.

¿Cuidadores de gatos? Los madrileños están locos

¿Has dónde vamos a llegar? ¿Vamos a consentir que los gatos del Foro Romano de Cartagena vuelvan a su hogar, como pretenden unos locos? Por si alguien los echa de menos, pintamos algunos por las paredes, pequeños toques artísticos, que no cazan ratas, ni culebras, ni cucarachas, ni nada de nada, pero tampoco escarban las macetas ni se cruzan en el camino de los honrados votantes.

Y ya puestos. Igual que están acabando otros grandes prohombres con los lobos ibéricos, o se está dejando extinguir al lince, acabemos con los gatos. Con todos. Y con los perros, y los periquitos, y los hámsters… Acabemos con todo vivo viviente.

Salvo el toro de lidia, claro. A ese hay que conservarlo para poder torturarlo y matarlo haciendo un espectáculo con IVA reducido.

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