Ver menos que el Cheche

Seguramente, lector, ha oído usted alguna vez la expresión “ves menos que Pepe Leches”. ¿Quién era o fue ese “Pepe Leches”? Para unos no existió, para otros sí, hay varios versiones, que puede encontrar en este enlace, muy bien explicadas.

Pero en Cartagena, al que es miope, se le dice que “ve menos que el Cheche”. Y ese sí que existió, ya lo creo. Yo lo conocí personalmente.

Al que no tiene claro lo que ve, en Cartagena es que “ve menos que el Cheche”

Sin embargo el Cheche no tenía un problema especialmente serio de visión. Era un jugador de fútbol, de nuestro Efesé, y ponía pasión en su cometido.

En una ocasión, cogió el balón y se lanzó furioso hacia la portería con la clara intención de hacer gol. El problema es que iba lanzado contra su propia portería, cabeza gacha y como una locomotora, sin oír las advertencias que le llegaban de jugadores y público.

Al final, tuvo que ser su propia defensa la que tuvo que entrarle con dureza y hacerle falta para cortar aquel peligro.

Desde entonces, al que no ve lo que tiene delante, en Cartagena se le dice que “ve menos que el Cheche“.

El perro del tío Alegrías

En este mundillo de las frases hechas o los dichos, que tanto da, es un auténtico lío con más versiones que las explicaciones de Fernando Simón sobre el uso de las mascarillas del virus chino.

Hace unos días dije que tenía (yo) más hambre que el perro del Tío Alegrías y me preguntó mi mujer qué expresión era esa. También ella es cartagenera, y de una edad similar a la mía, pero todas estas expresiones chuscas o típicas, de aquí y de otros sitios, se van extinguiendo lentamente y suelen sobrevivir un docena mal contada que conoce todo el mundo y que, con ellas, ya creen estar doctorados en el habla típica local.

Volviendo a mi mujer, le expliqué entonces y repito ahora, que depende el sitio, el citado can tiene unas características u otros. Por ejemplo, en la zona de Valencia, el Tío Alegrías era vecino de un pueblecito llamado Benagéber, de escasa población pero famoso por su embalse. Y aquel vecino tenía un perro que utilizaba para cazar, pero con la particularidad que cuando saltaba la liebre, al chucho le entraban ganas de mear o de cagar -con perdón- y esa inoportunidad hacía que perdiese la presa.

Pero en Cartagena no, esa historia queda para otro perro, el galgo Lucas o el galgo del Tío Lucas. Por lo que sé, está bastante extendida por la geografía nacional, especialmente entre los cazadores, esa expresión de “ser más inoportuno que el Galgo Lucas, que se ponía a cagar cuando veía a la liebre”.

El hambriento perro del Tío Alegrías

La versión que nos quedamos aquí, en Cartagena, es que el tal Tío Alegrías era un pobre (hoy se diría una persona en riesgo de exclusión o cercana a estar bajo el umbral de la pobreza) o un tío rácano, vaya usted a saber, que tenía un perrito que pasaba mucha hambre.

También se dice a veces “pasar más hambre que el perro de un gitano”, pero supongo que estará ya o a punto de estar en la lista de las expresiones prohibidas por la nueva Santa y Progre Inquisición, ya que tiene connotaciones racistas o étnicas.

Se puede sustituir por “más hambre que el perro de un ciego”, aunque los perros de los ciegos ya no viven ahora como vivían hace años, afortunadamente, o “más hambre que el perro de un afilador”, lo que tampoco sería muy acertado, ya que apenas hay afiladores, los pocos que se ven van motorizados y no llevan perro y, lo que es peor, podría caerte una denuncia del Sindicato de Afiladores (si es que existe) por ofensas, ya que ahora nos ofendemos todos por todo.

Por cierto, en Granada, la expresión del perro del afilador es más larga y con más gracia. Dice “pasas más hambre que el perro del afilador, que se comía las chispas para comer algo caliente”.

Yo voy a seguir utilizando la expresión “más hambre que el perro del Tío Alegrías”, en primer lugar porque soy cartagenero, y en segundo porque tiene menos inconvenientes que las demás.

Salvo que existan los descendientes del Tío Alegrías y me pongan una demanda por ofensas, claro.

Vamos a quedar todos arrinche

En el habla de Cartagena se puede decir de varios modos: “quedar arrinche“, “estar arrinche“, “quedar en arrinche“, pero el significado es estar canino, dicho en modo coloquial, o estar sin dinero, dicho en forma correcta.

Tal y como galopa la crisis económica actual, la más grande de las últimas décadas, y dada la ineptitud gubernamental, es lógico pensar que quedaremos todos arrinche. Todos salvo ellos, claro.

Quedar en arrinche también se aplica a ser penalizado y perder turno y oportunidad en algún juego.

¡Cuánto charreta, señor!

Recuerdo que el gran “Tip” (Luis Sánchez Polack) decía que las dos cosas que más asco le daban eran las escobillas de los retretes y los chivatos.

El chivato, el acusica, en Cartagena se llama también charreta, palabra que no registra la RAE.

Es indiferente que la acusación sea real o inventada: un charreta es un charreta, Y por tanto, un asqueroso, como diría Tip.

El mundo de la política y el periodismo está infestado de charretas.

Balaguero

Balaguero existe en el diccionario de la RAE, sí. Y es sinónimo de almiar, un montón grande de paja, generalmente en torno a un palo para que se mantenga elevado y se ventile. Yo lo llamaría pajar descubierto o al aire libre, ese famoso sitio donde se pierden las agujas.

Balaguero cartagenero

Pero en Cartagena, no sé por qué, un balaguero es un montón también, pero de ropa sucia, esa que va necesitando encontrarse con un detergente ultrabanqueante y megasuavizante.

Los balagueros siempre han sido amigos de los adolescentes y temían -o temen- a las madres más que a una vara verde, porque los hacían -o los hacen- desaparecer como por ensalmo. (Para los damnificados por la LOGSE: ensalmo es con gran rapidez y de modo desconocido)

Dar un borneo

Dar un borneo o darse un borneo, en Cartagena tiene el significado de pasear. No caminar o andar, sino pasear, con ánimo lúdico y recreativo.

No conozco el origen exacto de esta expresión, pero creo que hay algunas pistas que pueden servir para darnos una idea.

Un cartagenero dándose un borneo.

Para empezar, aquí no existe el verbo “bornear”; la expresión utilizada siempre es la enunciada de dar un borneo. El habla típica de Cartagena y su comarca, como tierra de aluvión que es, tiene raíces en diferentes partes de España. Una de ellas es Cataluña.

En catalán, por lo que sé, aunque no es una opinión unánime, dicen que el término bornear significa pasear por una plaza. Y otros expertos dicen que bornear es participar en una justa, uno de esos torneos medievales tan famosos con caballeros.

Ambas cosas tienen sentido si vamos al diccionario de la RAE y buscamos borne o bornear.

El primero, borne, se refiere al extremo de la lanza que se utilizaba en las justas. Y me permito recordar que cuando el caballero y su caballo llegaban al final de la pista donde contendían, daban la vuelta para una nueva acometida.

En cuanto al verbo bornear, además de varias acepciones que siempre tienen que ver con girar, volver, retorcer, bailar… la primera acepción es dar vuelta, revolver.

Creo que toda esa suma de acepciones es la generó el término cartagenero de darse un borneo, equivalente a darse una vuelta, un paseo (por plaza o no) con el ánimo de recreo o distracción, como hacían en las justas medievales. Aunque a veces resultaran trágicas.

Guardar como un cristal

Por poco que le guste Tolkien y la saga “El Señor de los Anillos“, seguro que le ha llegado alguna vez la imagen del Gollum y su famoso latiguillo “mi tesoro, mi tesooooro”.

Si no sabe aún de lo que hablo, poco arreglo va a tener esto, salvo que indague por su cuenta. Con las pistas dadas, seguro que lo encuentra.

Bien. Lo que hace el Gollum con el anillo es “guardarlo como un cristal”, dicho en cartagenero castizo. Es decir, conservar algo con mimo y esmero, poniendo la máxima atención y hasta devoción.

No puedo explicar el origen de la frase porque lo ignoro, aunque lo he buscado. ¿Ese cuidado es por miedo a cortarse con el cristal? ¿O es porque los cristales de colores siempre han atraído como objetos valiosos aunque fuesen baratijas de intercambio? Repito, no lo sé.

Pero que en cartagenero es así, vaya que sí.

El blancor cartagenero

A ver, que nos entendamos, el blancor, como Teruel, existe. Nos dice la RAE que es lo mismo que blancura y esta, a su vez, es la cualidad de blanco.

Si se molestan en consultar la entrada de la RAE verán que blanco tiene hasta 25 acepciones. Una de ellas, por cierto, es un murcianismo para la urraca. Pero, a lo que vamos, no está el blancor cartagenero, eso es algo nuestro.

¿Y de qué se trata? Pues de esa calma que hay a veces, no sé si tras la tormenta o no, esa tranquilidad absoluta que se produce tanto en el mar como en la atmósfera, una situación despejada de paz y bienestar, sin nada que lo enturbie, ni un viento inoportuno, ni una marejadica, ni unos “nulos” amenazantes… Eso es el blancor.

Púa arriba, canto ensima

Algunas entradas me da entre pereza y tristeza hacerlas, como esta. Y es que no sé si a alguien le interesa de verdad saber qué significa una expresión como “¡Púa arriba, canto ensima!”

Intentaré explicarme mejor. Sí que hay todavía cartageneros a los que les interesa el habla peculiar de su tierra, pero son -somos- cada vez menos y, además, como ya no estamos en vías de hacer la primera comunión, los que utilizamos estas benditas/malvadas redes sociales, aún menos todavía. Estas autopistas digitales, como se les llama de forma bastante cursi, las transitan sobre todo jóvenes que, cautivos de la globalización, el habla vintage de los icues se la trae al pairo.

Un mal trago

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El Covid-19 no era una lisquica

En las cosas del Habla Cartagenera hoy tenemos un 2×1, como si esto fuera la tiendesica de la esquina: “Lisquica” y “Bisagra”.

Nos han encerrado, aunque ellos dicen confinado porque el jodío virus no era una lisquica, como decían ellos y todos sus bisagras y está muriendo mucha gente, sobre todo mayor.

Hay muchos bisagras y bisagros en televisión

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