El fraile que salvó a Cartagena

Cuenta la leyenda…

Así empiezan todas las historias de las que no hay fiabilidad ni documentación. Esta es una de ellas.

En la calle de San Diego hubo en tiempos un convento de frailes franciscanos, cerca de donde hoy está la muralla púnica. Y perteneciente a ese convento era el fraile de nuestra historia. No se ha conservado su nombre, si es que existió alguna vez. El susodicho religioso, aunque pertenecía a una comunidad que estaba enfocada al perfeccionamiento y superación de cada uno de sus miembros, parece que no estaba muy por la labor de la castidad y la mesura, sin embargo era conocido en todos los tugurios y antros de mal ambiente del puerto de Cartagena.

Allá por el siglo XVII eran frecuentes los ataques de los piratas berberiscos, procedentes del norte de África, dedicándose al saqueo, pillaje y secuestros por los que pedir luego rescate.

Estando en una de sus juergas, el fraile recibió el soplo de que se iba a producir una incursión pirata aquella noche. En lugar de dirigirse a las autoridades y ponerlas sobre aviso, decidió ponerse en acción por su cuenta, vaya usted a saber porqué, quizás los vapores etílicos o quizás un arranque de heroicidad.

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El caso es que se fue a La Linterna, esa construcción árabe todavía existente, por suerte, en el castillo de la Concepción (el castillo de los patos, en cartagenero castizo) y apagó la luz que brillaba en lo alto y que servía de referencia para entrar al puerto, a falta de otros faros inexistentes entonces. Luego encendió otro fuego en un lugar diferente (la leyenda no dice dónde) que confundió a los piratas y les hizo dirigirse en una dirección errónea hasta encallar. Luego hizo sonar la campana de la alarma establecida para ataques piratas y, una vez que falló el factor sorpresa, para la guarnición cartagenera, aprehender a los atacantes fue coser y apresar.

Otra versión dice que lo que hizo fue lo contrario, apagar la luz habitual y encender una en la Linterna. Tampoco sabemos donde embarrancó la nave pirata, se habla de arrecifes pero por aquí hay pocos; lo que sí tiene muchas opciones es que fuera en la Laja, la enorme roca submarina que llegaba casi a nivel de agua y que hizo estragos en multitud de barcos hasta que se construyó el muelle de la Curra y la “integró” en el propio dique.

Sea como fuere, el caso es que, si ocurrió realmente, aquel fraile, acostumbrado a los buenos tragos, aquel día le evitó a Cartagena un mal trago.

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Fantasmas en el Castillo de la Concepción de Cartagena

 

Se le puede llamar Parque Torres, Castillo de la Concepción… pero yo prefiero seguir llamándole Castillo de los Patos, porque así lo conocí cuando fui pequeño, que también lo fui. Y es que en su día hubo patos, algunos se hicieron tan famosos que hasta tenían nombre propio, como “Machaco”.

Los patos del Castillo de los Patos cuando había patos en el castillo.

Los patos del Castillo de los Patos cuando había patos en el castillo. De los patos.

Pero me estoy desviando. A lo que iba. En la principal de las cinco colinas de Cartagena se alza el castillo de la Concepción, aunque ya se debe parecer poco al original Palacio de Asdrúbal por la cantidad de transformaciones que ha sufrido desde entonces. Esta historia arranca de cuando era un castillo o fortaleza en época medieval. La protagonista principal fue una dama llamada Doña Sol, hija de una familia noble y enamorada de un joven, Don Mendo de Acevedo, que no estaba a su altura de linaje, por lo que sus padres no accedieron a su boda con él.

El enamorado, intentando hacer méritos o fortuna para tener la dote necesaria se marchó a la guerra, pero no tuvo la suerte que esperaba y no regresó. Transcurrido un tiempo, los padres dieron a Doña Sol en matrimonio a un noble italiano, Don Rodrigo Rocatti de Alvear.

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