Del mismo modo que a Miguel Hernández se le murió su amigo Ramón Sijé, a mí se me ha muerto mi amigo Juan Mediano, que estará en los cielos.
Compartimos muchas cosas, fuimos compañeros de trabajo además de amigos, e hice muchos dibujos para él. Gran parte de las portadas de sus libros las dibujé yo. Y el dibujo que le hago hoy, con todo el cariño y respeto, como homenaje, supongo que será el último.
Juan Mediano, presentándose a San Pedro
Como habrá mucha gente que contará como era, yo prefiero contar cómo imagino que es ahora, porque lo conozco.
Habrá llegado al cielo todo serio y formal, porque a circunspecto no le gana nadie. Se habrá presentado a Pedro Marina Cartagena. Igual hasta se ha puesto pajarita y, si hay zona de fumadores allí, habrá sacado la pipa.
De entrada pensarán que es aburrido, por lo formal. Pero en cuanto abra la boca, sabrán lo que es la coña de un cartagenerico, que ríase usted de la famosa retranca gallega.
Hablará y no parará de cosas de su tierra, que es la mía, Cartagena, poniéndola por las nubes, aunque eso le resultará fácil ya que es donde está ahora mismo.
Escribirá pronto en «El Eco del Cielo» o como se llame la prensa de allí. Hablará por «La Voz de la Eternidad» o cualquier otra emisora celestial. Narrará historias y anécdotas que ya quisieran los Hechos de los Apostóles, con perdón.
Y no me extrañaría que en el futuro aparezca un nuevo evangelio, apócrifo, sí, pero evangelio, donde al final alguien firme: «Simplemente Juan».
Bueno, amigo Juan, nos vemos. Pero no corre prisa.
España la creó un cartagenero. Vale, de entrada resulta chocante. O provocador. Vamos, que es mentira. O, mejor dicho, casi mentira, porque un porquito de verdad sí que tiene. Veamos por qué.
Para empezar, tenía ganas de escribir sobre esto desde hace tiempo, desde que le leí a un buen amigo decir algo así como que «España en realidad no existe». Sí, dijo eso, y a pesar de ello seguimos siendo amigos. Cosas de la amistad.
San Isidoro de Cartagena y las teorías modernas sobre la «nación de naciones» y gilipolleces varias.
Con esa manía de reescribir y tergiversar la historia que tienen los progres y los indepes; la verdad es que yo a veces no los distingo unos de otros, como van juntos hasta a mear, te encuentras día sí y día no -en Cartagena diríamos «un día sin otro», pero no quiero desviarme- con que todo lo de mérito es de su pequeña nacioncita.
Bueno, pues si cada uno dice la burrada que quiere ¿por qué no iba yo a decir que España la creó un cartagenero? Cuando, además, un poco de verdad sí que tiene.
Isidoro de Cartagena
Ese cartagenero fue Isidoro de Cartagena, o San Isidoro, aunque se le conoce por el «mote» de Isidoro de Sevilla. Pero vayamos poco a poco.
A Leonardo da Vinci se le llama así porque nació en Vinci, aunque su principal obra la desarrolló en Florencia y otras ciudades de Italia ¿verdad? A Pitágoras de Samos se le conoce de este modo por nacer en Samos aunque vivió en Crotona, a San Francisco de Asís… sí, lo han adivinado, nació en Asís.
Pero en el caso de mi paisano Isidoro, no. Nació aquí, junto con sus cuatro hermanos; de los cuales otros tres (Leandro, Fulgencio y Florentina) además de él mismo, que fue el menor, fueron santos. Y la otra hermana, Teodosia, no llegó a santa, pero le faltó poco. Eran hijos de del Duque (Dux) Severiano.
Todo esto, si le interesa, puede verlo con más detalle en este otro post que escribí hace tiempo sobre el Duque Severiano.
El caso es que, como explico allí, por razones políticas, la familia, que eran godos por parte de padre e hispanos por parte de madre, tuvo que marcharse de Cartagena, ya que la ciudad pasó a estar bajo el poder del imperio Bizantino. Y se fueron a Sevilla. Y no perdieron la silla ni nada de eso, al contrario.
El hermano mayor, Leandro, llegó a obispo de Sevilla y, a su muerte, le sucedió nuestro Isidoro de Cartagena. Y a partir de ahí, que si Isidoro de Sevilla por aquí, que si Isidoro de Sevilla por allá, hasta hoy. Y no hay quien lo cambie, oiga.
Pero voy a intentar centrarme de nuevo. No voy a intentar describir aquí los logros, los méritos y la influencia de Isidoro en todos los campos del saber: historia, teología, ciencias naturales, derecho, retórica, matemáticas, música, medicina…
Y además, política. Porque intervino en TODO lo importante que ocurrió en España -sí, he dicho España- de entonces, y en lo que ocurrió después. Participó en concilios, intervino en la conversión de Recaredo al catolicismo con lo que conllevó eso: la unificación de España -sí, he vuelto a decir España- y, además escribió sus famosas «Etimologías» que resultaron un compendio de todo el saber hasta entonces. Una especie de Enciclopedia a lo bruto.
Vamos que Isidoro de Cartagena hizo que, mientras que Europa se hundía en un páramo cultural y político dividida en pequeños reinos, en España -otra vez, lo he dicho otra vez- brillaba y se unía como la primera nación.
No voy a entrar al trapo de distinguir nación, país, estado, etc. Ya sé que los estados modernos tal y como los conocemos ahora surgieron tras la revolución francesa, pero que España era una nación, vamos que si lo era. Y lo es.
Y aunque aquella -que es esta- bendita tierra se había llamado Hispania por los romanos, pero no era todavía una nación, sino una provincia del imperio romano, cuando se constituyó una unidad independiente alrededor de la monarquía gótica, ya se llamó España. Y fue Isidoro de Cartagena el PRIMERO que utilizó ese nombre. Por eso el título provocador de este post.
Sobre la alabanza a España
Como también le daba a la Historia, Isidoro escribió la «Historia de los Godos» y el prólogo a esa obra fue «Sobre la alabanza a España» Aunque sea un poquillo largo, lo voy a copiar íntegro aquí:
«Eres, oh España, la más hermosa de todas las tierras que se extienden del Occidente a la India; tierra bendita y siempre feliz en tus príncipes, madre de muchos pueblos. Eres con pleno derecho la reina de todas las provincias, pues de ti reciben luz el Oriente y el Occidente.
Tú, honra y prez de todo el Orbe; tú, la porción más ilustre del globo. En tu suelo campea alegre y florece exuberancia la fecundidad gloriosa del pueblo godo.
La pródiga naturaleza te ha dotado de toda clase de frutos. Eres rica en vacas, llena de fuerza, alegre en mieses. Te vistes con espigas, recibes sombra de olivos, te ciñes con vides. Eres florida en tus campos, frondosa en tus montes, llena de pesca en tus playas.
No hay en el mundo región mejor situada que tú; ni te tuesta de ardor el sol estivo, ni llega a aterirte el rigor del invierno, sino que, circundada por ambiente templado, eres con blandos céfiros regalada.
Cuanto hay, pues, de fecundo en los campos, de precioso en los metales, de hermoso y útil en los animales, lo produces tú. Tus ríos no van en zaga a los más famosos del orbe habitado.
Ni Alfeo iguala tus caballos, ni Clitumno tus boyadas; aunque el sagrado Alfeo, coronado de olímpicas palmas, dirija por los espacios sus veloces cuadrigas, y aunque Clitumno inmolara antiguamente en víctima capitolina, ingentes becerros.
No ambicionas los espesos bosques de Etruria, ni admiras los plantíos de palmas de Holorco, ni envidias los carros alados, confiada en tus corceles. Eres fecunda por tus ríos; y graciosamente amarilla por tus torrentes auríferos, fuente de hermosa raza caballar.
Tus vellones purpúreos dejan ruborizados a los de Tiro. En el interior de tus montes fulgura la piedra brillante, de jaspe y mármol, émula de los vivos colores del sol vecino.
Eres, pues, Oh, España, rica de hombres y de piedras preciosas y púrpura, abundante en gobernadores y hombres de Estado; tan opulenta en la educación de los príncipes, como bienhadada en producirlos.
Con razón puso en ti los ojos Roma, la cabeza del orbe; y aunque el valor romano vencedor, se desposó contigo, al fin el floreciente pueblo de los godos, después de haberte alcanzado, te arrebató y te armó, y goza de ti lleno de felicidad entre las regias ínfulas y en medio de abundantes riquezas.>>
Yo recomiendo vivamente leer y conocer un poco más a Isidoro de Cartagena. Fue un auténtico monstruo en el mejor sentido de la palabra. Hasta que no profundizas en él no llegas a alcanzar la dimensión que tuvo y la influencia que obró tanto en España como en todo Occidente, en su época y mucho después.
Se llamaba Leonardo Bódalo Gabarrón, y fuimos amigos desde que nos conocimos hasta que falleció. Además, fuimos compañeros de trabajo, desde que yo entré a trabajar en Bazán hasta que se jubiló.
La primera caricatura que le hice, por los años 70.
Ahora el que se ha jubilado he sido yo y, por casualidad (o no, vaya usted a saber) me he encontrado un sobre añejo entre mis papeles, esos que ya están amarillentos; como cantaba Serrat son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel o en un cajón…
He mirado en su interior y algo de lo que había ya lo sabía y lo esperaba, pero otras cosas las había olvidado.
Había varias caricaturas de las que le hice durante el mucho tiempo en que convivimos. Era un caricatura con la mala leche cartagenera correspondiente, aunque se lo tomaba muy bien y se limitaba a rezongar «joder con el zagalico este». Subido en un taburete para resaltar su baja estatura (la física, porque en la otra era un gigante), con su eterna cartera donde llevaba de todo, desde el bocata de media mañana, su pluma estilográfica con tinta verde siempre, o sus postales de las que era representante.
Bueno, lo cierto es que lo del bocata no es exacto. Sí que llevaba su tentempié, pero no era nunca un bocata. Tenía mucha clase nuestro Leo para ir comiendo bocadillos. Chiquito pero dandi.
Esta otra se la hice unos años después, y ayuda a ir definiendo más al personaje. El meterme con su estatura lo hice en esta ocasión mediante la corbata que arrastra por el suelo.
Aparece de nuevo su eterna cartera, pero aquí se dan más datos, como el de ser también representante de la Sociedad de Autores. Eran decenas de anécdotas las que nos contaba sobre su persecución a los piratas del mundo artístico, el musical especialmente. Leonardo Bódalo era hombre de teatro, al que amaba profundamente, independientemente de su vinculación con la SGAE. Por eso los libretos de Lope, Calderón, etc.
Una nueva caricatura de Leonardo, siendo ya más mayor.
Y aparece un nuevo elemento importante: su vinculación con la Semana Santa de Cartagena. Era presidente de la agrupación marraja del Descendimiento, en la versión corta o de amigos, y en la oficial «Agrupación del Santísimo Descendimiento de Cristo y Paso de la Primera Caída» (uf). Y esa extraña y perversa vinculación que tiene la lluvia con los marrajos quedó reflejada en la puñetera nube de Viernes Santo que aparece lloviéndole a mi amigo.
Le diseñé muchas tarjetas de felicitación navideña para su agrupación, que hacía en imprenta cada año, religiosamente, y tenía que ser distinta y original siempre. En el sobre que me ha asaltado he encontrado varias, todas ellas de las últimas. No he visto ninguna de las antiguas, quizás aparezcan algún día en otro cajón. La más reciente que he encontrado es la de la navidad de 2005, no recuerdo si hubo alguna posterior. Cuando dejó el cargo cesaron mis colaboraciones en este apartado.
Felicitación que diseñé para el Descendimiento – navidad 2005 – año nuevo 2006
Y ahora damos un salto atrás y del 2005 volvamos a 1986, que fue cuando se jubiló Leonardo. Para aquella ocasión hice una nueva caricatura, en la que aparecía también nuestro jefe Juan Para Blázquez, ya que se jubilaron al mismo tiempo y la comida homenaje fue para los dos, en el Restaurante Mare Nostrum.
Caricatura que incluí en la tarjeta que diseñé para la despedida de Juan Para y Leonardo Bódalo.
Anverso del tarjetón-menú de la comida de despedida. Como se dice, es versión para iniciados, porque el extraño nombre de cada plato tenía su historia y su explicación.
Y voy a ir cerrando este homenaje a mis dos compañeros y amigos, porque son recuerdos, siguiendo con las canción de Serrat… que te sonríen tristes y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve.
Pepe López, en periodo entre alcaldías (2018), es el enemigo a batir por los partidos que tienen sus jefes lejos de Cartagena.
Pepe López, Movimiento Ciudadano de Cartagena
Pero, al igual que Obama transmitió esperanza a muchos norteamericanos con su eslogan «Yes, we can», en la campaña de 2008, MC (Movimiento Ciudadano de Cartagena) también puede devolvérsela a muchos cartageneros hartos de que nos tomen el pelo desde el otro lado del Puerto de la Cadena.
Se sabía que la mayoría de salmones y truchas son peces tanto de agua salada como dulce y se sabía también que muchos de ellos, aunque nazcan en un lugar, se marchan a otro para crecer y medrar, y luego suelen volver al lugar de nacimiento para poner sus huevos (o huevazos, según la especie).
Vuelve a casa, y no por Navidad, no.
Ahora se ha sabido que alguna sardina que otra, aunque nazca en el mar, también puede marcharse a vivir en el río, donde llega a alcanzar el tratamiento de Doña Sardina y luego, cuando ve la oportunidad de seguir medrando, es capaz de metamorfosearse en otras especies, aladroques, por ejemplo, y volver a casa, sea por Navidad, sea por convocatoria electoral, e intentar poner sus huevos.
José Monerri Murcia (1928-2013): Periodista y maestro de periodistas, como tal lo reconoce el también cartagenero Arturo Pérez-Reverte. Cronista oficial de Cartagena. Tuve el honor y placer de ser amigo suyo. Echo de menos de su ironía y socarronería en el trato personal aunque luego fuese serio y circunspecto en su profesión. Mi último recuerdo de él es que en sus últimos tiempos ayudó a mi hija en un trabajo para la universidad sobre la arquitectura modernista en Cartagena.
Cuando nació, el que lo llevó a cristianar, como se hacía por aquellos tiempos oscuros, fue su padrino, que debía ser un cachondo y algo más. Cuando volvió de aquel menester dijo que, como no le gustaba José, que era lo que querían los padres, lo había inscrito como Enrique.
Ya digo que sería un cachondo porque, en realidad, en los papeles lo apuntaron como José, pero ni la familia lo supo, sólo el padrino. Y en aquella época -nació en 1.880- en que casi nadie sabía leer o escribir, ni falta que les hacía para su rutinaria y mísera vida, que la imagino como la de la película Los Santos Inocentes, el caso es que fue Enrique para todo el mundo hasta que, ya mayorcito, se supo el nombre real.
Pero a aquellas alturas, la costumbre había hecho que fuese Enrique y Enrique le siguieron llamando hasta el fin de sus días.
Ya adolescente o adulto, Enrique comenzó a ganarse la vida como mejor podía; y fue albañil, y panadero, y cantinero, puesto que tuvo una cantina, que era una simple barraca, en La Algameca.
Además fue matachín, una profesión que nunca dejó y que ejercició de forma intermitente y combinándola con las otras. De hecho, cuando todo el mundo tenía apodo, mi abuelo era conocido en Cartagena como «Enrique, el Matachín».
No tenía un negocio propio sino que iba «a matar» para otros (solo escribirlo me da repelús la expresión). En aquellos tiempos, en que las leyes y las condiciones sanitarias eran las que eran, las carnicerías mataban sus propios animales, criados por ellos o comprados, y hacían sus embutidos: morcillas, chorizos, morcones, blancos y demás.
Como no todo el mundo tiene estómago para matar, había carnicerías que contrataban a matachines o matarifes para esa tarea. Mi abuelo era uno de ellos. Mi abuelo tenía mucho estómago. Trabajó para carcinería de la Serreta, de la calle del Duque y de la calle Jara, especialmente para una carnicería muy importante entonces, llamada «La Granja».
Tenía tanto estómago que, cuando la ocasión así lo requirió, se saltó la ley e hizo de matutero, o sea contrabandista a pequeña escala, pasando el «matute»: fardos con aceite, alcohol, e incluso sal, recogidos en la costa para introducirlos a sus destinatarios que eran los comerciantes que así los comprarían más baratos.
No era cosa baladí aquella. Había policía, claro, carabineros era como se llamaban entonces porque el arma que portaban eran carabinas, que a veces los perseguían de noche por los descampados donde hacían sus correrías, y en ocasiones a tiro limpio.
Tengo varias anécdotas sobre él y sobre aquellas aventuras, unas contadas por él mismo, otras por mi padre y otra, que me la contó a mí, personalmente, un carabinero que se las vio con él y es la única que voy a narrar, como ejemplo, para que se vea que mi abuelo era un tipo duro, muy duro.
Los matuteros llevaban unos correajes o arnés a la espalda donde cargaban los sacos para portearlos, sacos muy pesados, naturalmente. A veces tenían que avanzar arrastrándose por el suelo para no ser vistos, con los sacos a la espalda, como caracoles. En una ocasión, de noche por supuesto, mi abuelo se detuvo a descansar un poco y recobrar el aliento, echando un pitillo, cuando ya había pasado la zona peligrosa controlada por los carabineros y se creía a salvo.
Pero no era así. Un carabinero (el que me contó la historia a mí) lo había visto y, dando un rodeo, fue acercándose con sigilo por su espalda. Una vez allí, sin hacer ruido, levantó la carabina y disparó desde su espalda y por encima del hombro de Enrique. Aquello, en la noche, sonó como un estampido brutal y una persona normal se habría espantado, asustado, habría brincado… algo habría hecho. Mi abuelo, lo que hizo fue volverse tranquilamente hacia el carabinero y decirle, en tono muy cartagenero: «Joer, también eres tú delicao…» El espantado fue el carabinero ante aquella sangre fría, como así me lo dijo.
También me dijo que cuando lo requisó el matute también le quiso requisar el arnés, pero eso le dijo mi abuelo que no, que lo necesitaba para ir a por otro saco de aceite. Y se lo quedó. Me imagino que no era muy aconsejable entrar en discusiones con mi abuelo. Que, por cierto, siempre llevaba una navaja de dimensiones que hoy no serían legales.
Mi abuelo Enrique también tuvo algún trato con el famoso Chipé, concretamente le compró una pequeña yegua, aunque creo que eso ya lo conté en otro lugar de mi blog.
Enrique el Marachín fue un culo de mal asiento en cuanto a residencia, aunque siempre en Cartagena, eso sí. Sé que vivió en la calle del Alto, en La Algameca, donde tenía la cantina, en la calle Casado del Barrio de Peral, en la Vereda de San Félix y finalmente, de nuevo en el Barrio de Peral, en la calle de La Pajarita Interior, que fue la última etapa de su vida, en la que yo conviví con él, y donde murió finalmente, a los ochenta y tantos años.
Mi abuelo, como dije anteriormente, fue un hombre muy duro. Yo no diría que fue una buena persona, no tengo motivos para pensarlo, pese a que fuese mi abuelo y a mí, como era el más pequeño de los nietos, parecía tratarme con cierta dulzura, si es que puede decirse así a tener momentos más suaves envueltos en un trato hosco y duro.
Él era ya muy viejo y yo pequeño y mis recuerdos son vagos, borrosos, y en blanco y negro, claro. Recuerdo tres o cuatro cosas de mi vida con él, por ejemplo que me enseñó a leer la hora en el reloj; para ello utilizó un viejo reloj de bolsillo con cadena, que aún conservo, sin agujas y sin cristal, y sin ningún valor económico pero mucho sentimental.
También recuerdo que uno de sus puntos flacos eran las piernas y las rodillas y ya de viejo le costaba andar y levantarse, por lo que cuando se sentaba en una sillita al sol luego me llamaba para que le ayudase a ponerse en pie.
Y recuerdo, eso sí vivamente, cuando enfermaba de los ojos y, para curarlos, yo le escurría medio limón en cada ojo. No cerraba los ojos cuando el jugo caía en ellos, los mantenía abiertos todo el tiempo, sin pestañear. Aquello me impresionaba y me sigue impresionando.
Alguna vez, al recordarlo, he intentado hacer algo parecido y… menuda risa en cuanto me ha caído una gota dentro. Lo repito por última vez (lo prometo): mi abuelo era un tipo muy, muy, muy duro.
Mi abuelo y yo
Yo me llamo José por él. Aunque, el muy bribón, quería me pusieran José Enrique, reuniendo su nombre y su falso nombre. Pero no, tenía otro abuelo al que rendir homenaje, Francisco, y por eso mi nombre es José Francisco.
Anecdóticamente, a mi abuelo Francisco lo llamaban Ruperto. Habría estado chocante que me hubiesen puesto Enrique Ruperto. Y en cuanto a mi otro abuelo, que no fue tan famoso como Enrique, he de decir que era lo opuesto a él; era comerciante, tendero de ultramarinos, y lo que se dice una «persona de orden», miembro de los Hijos de María, de misa dominical etc.
Así de contradictorio he salido yo. Y creo que, si me están viendo desde alguna parte, ninguno de los dos estará muy satisfecho de mí. A Francisco no le gustarán mis ideas agnósticas, seguro. Pero el que más enfadado estará conmigo será Enrique el Matachín, porque que su nieto sea vegetariano, animalista, antitaurino… lo debe estar llevando muy mal.
Periodista y político socialista. Fue el primer alcalde de Cartagena tras la restauración de la democracia, desde 1979 hasta 1983.
La mayoría de sus datos importantes están en la Wikipedia, como es habitual, por lo que no tiene objeto que los repita yo aquí. El que quiera conocer con abundancia su currículum puede consultarlo pinchando aquí.
El motivo del post en mi blog es, en primer lugar, para hacerle un reconocimiento y agradecimiento personal a su trabajo por mi ciudad. Y eso lo hago siempre con un dibujo o una caricatura. Y aquí está.
Primer alcalde de la democracia
Y en segundo lugar, puedo recoger brevemente mi relación personal con él, que no está en la Wikipedia (espero), y que se debió, no a la política, sino a la publicidad. Yo trabajaba para una agencia que era competencia de la suya pero, aún así, nuestra relación siempre fue cordial. Lo cortés no quita lo valiente, como dice el refrán.
Tengo un gran recuerdo de él, tanto como persona como alcalde. Gracias Enrique, allá donde estés.
Escritor y poeta sobre todo. Y siempre con la temática de Cartagena como hilo conductor de su obra. Historiador diletante y eterno aspirante al título de Cronista de Cartagena. Su ciudad, que es la mía, creo que tiene contraída con él cierta deuda de reconocimiento de su vasta labor de difusión del nombre de Cartagena por todas las vías posibles. Lo que le llevó incluso a tener un programa de radio llamado “Desde el Pilón de los Burros” donde recogía efemérides y tradiciones de Cartagena.
Somos amigos y compañeros de trabajo desde hace mucho tiempo. Dibujé las portadas de sus primeros libros. Luego, cuando alcanzó mayor renombre y las tiradas fueron algo mayores, hubo un pintor que se ofreció a hacérselas y Juan, que sabía de mi agobio por el pluriempleo, decidió pasarle los encargos a él. Pero nuestra relación siguió siendo y es muy buena, por supuesto.
Y como hoy me apetecía dar unos brochazos, los he hecho pensando en mi amigo Juan.
Mi amigo Juan Mediano
Tengo muchas anécdotas con Juan Mediano pero sólo refiero siempre una en concreto porque me ha intrigado y me intriga. Me gusta llevar siempre encima varios lápices y rotuladores, por mi afición al dibujo, en el bolsillo de la camisa. Cuando los ve, sonríe y me dice “Jotaefe, pareces un lechero en día de fiesta”. No sé el origen de eso, quizás sea una frase hecha que no he oído nunca, desconozco si es un invento suyo,… no sé nada. Pero por más que le pregunte, se limita a sonreír y poner cara pícara sin aclararme nada. Creo que me moriré con las ganas de saber por qué parezco un lechero en día de fiesta.
Y volviendo a Juan, la lista de sus libros es larga, soy incapaz de recordarlos todos. Los hay de poesía, de historia, tradiciones, etc. Aquí van algunos de los que me acuerdo:
“Colores de mi paleta”, “Cartageneros”, “Cartageneros 2”, “Cartageneros 3”, “Paisajes de Cartagena” “Perfiles cartageneros” “Concierto íntimo”, “Cartagena del alma”, “Gaviota” “Poemas del barrio de Santa Lucía”. “Cuentos de mi tierra”, “Cuentos de Cartagena”, “Érase un molino maquilero”, “Cosicas de Cartagena”, “Cartagena, querida Cartagena”, “Cartagena insólita”, “Cartagena en el aire”, “Cartagena Siglo XX”, etc.
La Amalia fue una pitonisa y hechicera famosa en la Cartagena de hace años. Vivía en la Algameca Chica y se sentaba a veces a ver la mar desde una roca que terminó por hacerse famosa. Hoy todavía se la conoce por «el banco de la Amalia«.