Si llueve, migas

Hoy que llueve es día de migas, como sabe todo el mundo. Al menos todo el mundo que es de Cartagena (o de Murcia, que es eso que nos rodea por todas partes menos por la mar).

Mis migas

Mis migas

He leído varias versiones de la costumbre por estas tierras de comer migas los días que llueve y hay una que dice que al ser el agua un bien tan escaso y preciado en el sureste, el día que había lluvia era un día festivo que se celebraba comiendo ese plato exquisito para tanta gente. Hay otra teoría, que me convence más, que dice que cuando llovía y no se podía hacer otra cosa, había que apañarse con lo que hubiese almacenado en casa y lo que solía haber era pan duro. En caso de ser algo afortunados, algunos tenían guardados también productos derivados de haber matado a su chinico, es decir longanizas, tocino y todas esas cosas que hacen las delicias del Señor Colesterol. Y esas eran las cosas que acompañaban a las migas, como “tropezones”.

Si este blog fuese de cocina, ahora vendría la receta de las migas, pero no lo es. Me limito a decir que me salen muy bien y que, entre las dos escuelas que hay, la de hacerlas con harina o hacerlas con pan duro, soy de esta última, por supuesto. Y que doy fe de que cuanto más duro esté el pan, mejor salen. Y que si se mezclan varios tipos de pan, también salen mejor que si son de uno solo. O son mejores, o a mí me gustan más, al menos.

En Cartagena, y no sé si en otros sitios, hay dos tipos de migas: de pobre y de rico. En contra de lo que pudiese pensarse, las de pobre son las que llevan tropezones y las de rico las que llevan las migas de pan solamente. La razón es sencilla, los pobres necesitaban ingerir calorías y quizás ese plato era el único que tenían al día, por lo que si llevaban morcilla, tocino, longaniza, mejor que mejor. Para los ricos era solamente un exquisito acompañamiento para el chafé o el chocolate y, de ese modo, por supuesto que sobraban los tropezones.

Y ahora, al hilo de que las migas podían ser una comida única de pobre, recuerdo lo que me decía mi madre:

– ¿Qué hay para comer?

-Migas. Si te jode, no lo digas.

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