La Charito, todo un personaje en Cartagena

Se llamaba Charo Beriso, o más exactamente María del Rosario Beriso Terrer, pero en Cartagena era conocida como “La Charito”.

Tenía un aspecto peculiar, barroco y recargado. Con atuendos y abalorios que llamaban la atención. Pero lo más singular de todo eran sus costumbres, entre las que destacaba sobre todo el bañarse a diario, fuese verano o invierno, en aguas del muelle de La Curra.

Esa rutina de bañarse a diario en la mar, que adquirió durante su estancia en Sidi-Ifni, colonia española –entonces- en África, y que cumplió religiosamente hasta avanzada edad, le hizo tener un bronceado constante que habría envidiado la mismísima Ana Mato, pero el de La Charito no era de rayos UVA, era natural.

La Charito, en su baño diario en el muelle de La Curra.

No era cartagenera de nacimiento, puesto que vino al mundo en Valencia, en 1919 y vivió la primera etapa de su vida en diferentes lugares, debido a que era hija de un militar y periodista, Alfonso Beriso Lardín, que tuvo diferentes destinos en su carrera, como es habitual. Recibió una buena educación y tuvo un buen nivel de vida social, aunque sus costumbres atípicas hicieron que fuese mal vista y marginada por la jet-set cartagenera.

La Charito, que había vivido aquí algunas temporadas, volvió a Cartagena definitivamente cuando su padre se retiró de la vida militar activa. Estuvo soltera toda su vida, cuidando de su madre hasta su muerte.

Por su parte, La Charito falleció el 24 de Julio de 2000. Es decir, que tenía entonces 81 años.

El fraile que salvó a Cartagena

Cuenta la leyenda…

Así empiezan todas las historias de las que no hay fiabilidad ni documentación. Esta es una de ellas.

En la calle de San Diego hubo en tiempos un convento de frailes franciscanos, cerca de donde hoy está la muralla púnica. Y perteneciente a ese convento era el fraile de nuestra historia. No se ha conservado su nombre, si es que existió alguna vez. El susodicho religioso, aunque pertenecía a una comunidad que estaba enfocada al perfeccionamiento y superación de cada uno de sus miembros, parece que no estaba muy por la labor de la castidad y la mesura, sin embargo era conocido en todos los tugurios y antros de mal ambiente del puerto de Cartagena.

Allá por el siglo XVII eran frecuentes los ataques de los piratas berberiscos, procedentes del norte de África, dedicándose al saqueo, pillaje y secuestros por los que pedir luego rescate.

Estando en una de sus juergas, el fraile recibió el soplo de que se iba a producir una incursión pirata aquella noche. En lugar de dirigirse a las autoridades y ponerlas sobre aviso, decidió ponerse en acción por su cuenta, vaya usted a saber porqué, quizás los vapores etílicos o quizás un arranque de heroicidad.

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El caso es que se fue a La Linterna, esa construcción árabe todavía existente, por suerte, en el castillo de la Concepción (el castillo de los patos, en cartagenero castizo) y apagó la luz que brillaba en lo alto y que servía de referencia para entrar al puerto, a falta de otros faros inexistentes entonces. Luego encendió otro fuego en un lugar diferente (la leyenda no dice dónde) que confundió a los piratas y les hizo dirigirse en una dirección errónea hasta encallar. Luego hizo sonar la campana de la alarma establecida para ataques piratas y, una vez que falló el factor sorpresa, para la guarnición cartagenera, aprehender a los atacantes fue coser y apresar.

Otra versión dice que lo que hizo fue lo contrario, apagar la luz habitual y encender una en la Linterna. Tampoco sabemos donde embarrancó la nave pirata, se habla de arrecifes pero por aquí hay pocos; lo que sí tiene muchas opciones es que fuera en la Laja, la enorme roca submarina que llegaba casi a nivel de agua y que hizo estragos en multitud de barcos hasta que se construyó el muelle de la Curra y la «integró» en el propio dique.

Sea como fuere, el caso es que, si ocurrió realmente, aquel fraile, acostumbrado a los buenos tragos, aquel día le evitó a Cartagena un mal trago.