Aquellas retransmisiones del Efesé

Acabo de encontrar en una carpeta vieja, pero no polvorienta, que uno es muy pulcro, faltaría más, unos dibujos para anuncios de prensa de mitad de los años 80.

Son de las retransmisiones deportivas de los partidos de fútbol que jugaba el Efesé de entonces, el Cartagena FC. Esos partidos llegaron a tener el lujazo de ser retransmitidos hasta por cuatro locutores, cuatro. Y yo tuve el privilegio de hacer aquellos anuncios con las caricaturas de los mismos: Pepe Navarro, fallecido en 2009,  Paco Lasheras, también desaparecido, que firmaba sus trabajos como LH, Manuel López, una de las voces más bonitas y graves de la radio cartagenera, que nos dejó en 2007, y el entonces naciente periodista Manuel Ángel Balaguer, amigo mío, que afortunadamente sigue en activo y hoy dirige el diario digital Sportcartagena.es

Radiocadena Española Cartagena
Radiocadena Española Cartagena

Aquellas retransmisiones se hacían entonces por Radiocadena Española Cartagena, antes conocida como Radio Juventud de Cartagena y actualmente como Radio Nacional de España. Y eran producidas por Publicidad Cros, donde yo trabajaba entonces junto con Manuel Ángel.

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Un vampiro en Cartagena

¿Un vampiro en Cartagena? Es algo así como lo de la Parrala, unos dijeron que sí, otros dijeron que no… pero si escribes en Google «El vampiro de Cartagena» te aparecen más de 160.000 entradas.

Hay artículos en prensa, en revistas especializadas en el gremio, lo encuentras en Youtube, también le ha dedicado alguna sección Íker Jiménez en sus programas Milenio3 y Cuarto Milenio, hay un libro editado sobre él, escrito por Fernando Gómez, y algunas cosas más. Pero ¿cuánto hay de verdad en ello? Si los especialistas no llegan a ponerse de acuerdo, no seré yo el que pueda aclararlo. Lo que sí puedo hacer es resumirlo, después de haber leído y escuchado a unos y otros.

Un vampiro en Cartagena
Un vampiro en Cartagena

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Cartagena cara al mar

Cartagena cara al mar

Yo soy Cartagena
Yo soy Cartagena

Video promocional de los 90.

El dragón del Mar Menor

No existe tal dragón del Mar Menor, por supuesto que no.

Se trata de una simple fantasía que tengo desde pequeño y que no quería que desapareciese conmigo cuando ya no esté yo. Se trata de unos cerros o «cabezos» situados junto a Los Belones, camino de La Manga. Concretamente son el Cabezo  de La Fuente, de 336 metros de altura y el Cabezo de Hornos, de 283 metros de altitud. Están separados por la Rambla de Cobaticas y forman parte de la cordillera Bética, que viene desde Andalucía y que va disminuyendo de altura hasta perderse en el Mediterráneo. El Cabo de Palos y luego los islotes de La Hormiga, el Farallón, etc. son los últimos vestigios de dicha cordillera antes de hundirse definitivamente en el agua.

El "dragón" en vista cenital.
El «dragón» en vista cenital.

 

Estos cerros tienen yacimientos arqueológicos y, si no estoy mal informado, en el de La Fuente hay un asentamiento neolítico y otro ibero, a diferentes alturas. Vistos desde la altura no recuerdan en nada a un lagarto ni dragón alguno, y mirados desde diferentes direcciones tampo, pero… vistos desde el oeste, a mí siempre me han parecido un gran lagarto o cocodrilo agazapado, acechando a los caminantes no avisados.

El dragón dormido.
El dragón dormido.

 

Para aquellos que no son capaces de distinguir al saurio que hay bajo las rocas y árboles, hice un pequeño retoque a la foto y espero que así sea más fácil de distinguir.

Una especie de Godzilla marmenorense.
Una especie de Godzilla marmenorense.

Cada vez que voy de Cartagena a La Manga, algo que ocurre muy a menudo, veo allá al fondo al «dragón», y como yo no soy San Jorge y no tiene nada que temer de mí, me parece que me guiña un ojo con simpatía y me saluda al pasar. Así viene siendo desde que era un niño y es una imagen que ya nunca conseguiré sacar de mi cabeza.

 

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El Mar Menor, La Manga y su dragón guardián a la derecha.

 

 

¿Los catalanes? ¡Va a ser que no!

¿De verdad que el faro de Cabo de Palos lo hicieron los catalanes? Pues va a ser que no.

 

“El faro de Cabo de Palos,

lo han hecho los catalanes,

y dicen que ha de durar,

mientras que duren los mares”

 

Eso es lo que dice una coplilla popular, pero no parece que haya datos que confirmen la autoría catalana de este faro. Lo primero que se conoce es que hubo en su emplazamiento un templo consagrado al dios cartaginés Baal Hammón,   el más importante para nuestros antepasados cartagineses de Cartago Nova (Cartagena), y luego identificado por los romanos con su Saturno, el Cronos griego.

El faro a mitad de los años 60.

 

A mediados del siglo XVI, en tiempos de Carlos I, todavía no era faro, sino una torre vigía, llamada de San Antonio, encargada de dar la alarma en caso de ataque de los piratas berberiscos, tan habituales por aquellos tiempos en estas costas.

A Carlos I le sucedió su hijo Felipe II y él fue quien dio la orden de establecer un sistema de defensa de la costa, pero no se lo encargó a catalanes, sino a dos ingenieros italianos: Juan Bautista Antonelli y Vespasiano de Gonzaga.

 

En 1.862 se demolió la torre existente y se construyó el edificio actual, terminándose en 1.864. Pero tampoco era catalán quien dirigió la obra, sino lorquino, el ingeniero D. Juan Moreno Rocafull, que además hizo los faros de Mazarrón y Águilas.

El faro, un abuelo venerable.

 

No hay por tanto, al parecer, motivos para creer que estaban los catalanes detrás de la construcción. Y tampoco hay muchas pruebas que avalen la historia de Maruja, la mujer del farero, que era bruja y que se abrazaba por las noches al cristal de la torre para que su sombra, proyectada por la luz del faro, viajase dando vueltas y entrase en las casas de los vecinos, que la temían. Dicen que la maldición se acabó cuando el farero subió una noche a la torre y con una manguera apagó los ardores de su bruja-esposa que salió proyectada y cayó al mar, perdiendo sus poderes.

 

Pero dejando la leyenda y volviendo a los fríos datos, el faro está sobre un edificio cuadrado de 20 metros de lado y su altura total es de 81 metros sobre el nivel del mar y emite luz blanca en dos destellos cada diez segundos. En sus inicios el funcionamiento era con una lámpara de aceite de oliva (virgen extra si de Karlos Arguiñano hubiese dependido) con ocultaciones cada minuto. En 1882 empieza a utilizarse parafina y en 1919 se pone en marcha una instalación a base de vapor de petróleo. En 1925 se cambió el sistema óptico y los destellos de luz blanca eran cada 15 segundos. Durante la guerra civil no funcionaba constantemente, siguiendo órdenes de la Base Naval de Cartagena y sólo cuando se preveía el paso de buques.

La electrificación le llegó en 1960 y en 1971 se sustituyó la linterna, la óptica y los aparatos por los que tiene hoy día.

Más o menos en la actualidad.

El Faro de Cabo de Palos fue la sede desde 1875 a 1900 de la Escuela Teórico-Práctica de Faros, donde se preparaba a los aspirantes a ingresar en el Cuerpo de Fareros.

El alcance nocturno de la luz del Faro de Cabo de Palos es de 42,5 kms. aproximadamente (23 millas náuticas).

El edificio está construido en el extremo oriental del cabo del mismo nombre: Cabo de Palos. Aunque, en lenguaje coloquial, los cartageneros lo llamamos Cabopalos, a secas.

Alrededor de Cabopalos hay muchas calas de gran belleza (y peligrosidad) y que son un paraíso para los amantes de la pesca submarina. Así, tenemos cala Fría, cala Roja, cala de Las Escalerillas, cala Botella, cala Avellán, Cala Medina, cala Las Melvas, cala la Galera, cala Túnez, la más cercana al faro, y muy especialmente Cala Flores, la más conocida.

La morena de mi copla, habitual de las calas.

El Faro de Cabo de Palos ha sido testigo de muchos naufragios, el más importante de ellos el del Sirio, “el Titanic español” pero de eso ya se habló en una entrada anterior de este mismo blog.

108 años ya del naufragio del Sirio

El Cabo de Palos es el final de la sierra costera de Cartagena. Aquí ya se hunde ésta en el mar, aunque vuelve a aparecer brevemente formando las Islas Hormigas, para perderse definitivamente bajo las aguas. Esta estribación es sumamente peligrosa para la navegación marina.

El que el faro de Cabo de Palos estuviese destinado inicialmente a construirse en las Islas Hormigas no era capricho, era por necesidad. Pero problemas económicos, como siempre, lo impidieron y, quizás, si se hubiese construido allí se habrían podido evitar muchas muertes.

Hoy ya hay otro faro en la Isla Hormiga, pero no siempre estuvo allí; sin embargo, además de las tres islas: La Hormiga, El Hormigón y la Losa, los bajos, los de Piles, Testa, el de Dentro y, sobre todo, el de Fuera, siempre estuvieron, para desgracia de algunos buques. Hay datos desde de hace algunos años de los barcos siniestrados en sus cercanías pero, siendo ruta frecuentada desde la antigüedad por fenicios, griegos, romanos, y todos los pueblos que han recorrido del Mediterráneo a lo largo de la historia, resulta difícil imaginar los hundimientos que habrán ocurrido en aquellas aguas y de los que no se tienen, ni se tendrán, noticias.

En 1883 fue el vapor “Nord America” y en 1899 el carguero “Minerva”. Los dos sucumbieron al Bajo de Fuera y ambos pecios forman hoy parte de la reserva marina de Cabo de Palos e Islas Hormigas , uno de los lugares de interés de La Manga, especialmente para los amantes del buceo.

Pero hay más buques hundidos. La lista de naufragios en los alrededores del Cabo de Palos es bastante numerosa, aunque es justo aclarar que no todos han sido debidos a la orografía submarina, ya que los torpedos en diferentes guerras también ayudaron bastante, y algún que otro hundimiento no ha sido tal naufragio sino un hundimiento deliberado de buques dados de baja para ayudar a conformar la reserva marina.

Stanfield

Uno de los pecios mejor conservados es el “Standfield”, hundido en 1916 por un torpedo alemán y que se puede ver en este video.

“Primo”, “Gilsa”, “Kasenga”, “Willmore”, “Lilia Dubil”, “Alavi”, “Doris”, “Dospina Micolina”, “Atlantic City”, “Montetoro”, “Ízaro”, “Southampton”, “Thordissa”, “Isla Gomera” (conocido localmente como “Naranjito”), “Ville de Verdún” y otros son los nombres de los buques que reposan en los fondos de Cabo de Palos y sus cercanías. Hay una página de ellos muy bien documentada del Club Cimas.  

En  una especie de macabra compensación, el galeón “Cabo de Palos” se hundió en la Ría de Avilés en 1911, y de él se conserva el ancla.

El hundimiento del Sirio

Pero, por encima de todos ellos, destaca el naufragio del trasatlántico italiano “Sirio” hundido en el bajo de Fuera de la Hormiga, el 4 de Agosto de 1906 y hace poco más de un mes se cumplieron 108 años de aquella tragedia.

El trasatlántico Sirio.

El hundimiento del “Sirio” es el mayor naufragio del Mediterráneo en cuanto a número de víctimas y, aunque ocurrió antes que aquél, es considerado como “el Titanic español”.  

Era un vapor construido en Glasgow y hacía la ruta de Italia (había partido de Génova el 2 de Agosto) en dirección a Argentina, Brasil y Uruguay, llevando como pasajeros entre otros, como en el caso del Titanic, a cientos de emigrantes que huían de la pobreza y buscaban un mundo mejor en América. Viajaban en él unas 1.000 personas.

Pese a que las rutas marítimas de entonces ya evitaban siempre las Islas Hormigas, aún no se sabe por qué, el capitán decidió pasar entre ellas y el Cabo de Palos. El resultado fue terrible, el barco sufrió un fuerte golpe y quedó encallado en el Bajo de Fuera. Eran las 4 de la tarde. Lo primero que hizo el capitán y sus oficiales fue ponerse a salvo en un bote y abandonar a su suerte a los pasajeros, una conducta igual de heroica que repitió recientemente el famoso capitán Schettino en el naufragio del Costa Concordia.

Poco después, estallaron las calderas y ocasionaron la muerte de muchas personas, especialmente los tripulantes de encargados de las máquinas del barco.

El Titanic español.

Los habitantes de Cabo de Palos se encargaron de rescatar a una gran cantidad de personas pero, pese a ello, no pudieron evitar que la mortandad fuese también muy alta. No se sabe con exactitud la cifra de víctimas pero se estima sobre las 250.

Placa conmemorativa de la tragedia.

Sobre el naufragio del Sirio hay libros, videos y, por supuesto, mucha documentación en internet. Por ejemplo, son recomendables estos dos artículos.

Un temporal ocurrido pocos días después del naufragio partió el buque en dos trozos que se encuentran separados, y formando parte de la Reserva Marina de Cabo de Palos e Islas Hormigas, declarada en 1995, y desde entonces el buceo está restringido y no puede efectuarse sin los permisos pertinentes.

La proa del Sirio descansa a 70 metros de profundidad, mientras que la popa está solamente a 40.

Salvarse por los pelos

La expresión “salvarse por los pelos”, que viene a significar librarse de algo malo en última instancia y con suerte, está originada en el ambiente marinero y, concretamente, por los naufragios. Los marineros llevaban antes el cabello largo porque era una especie de seguro ya que a veces los rescataban del agua sujetándolos precisamente por los pelos.

Y ahora la leyenda, que también la hay. Al parecer, en el Sirio viajaba un determinado número de religiosas que no pudieron ser recogidas por los pobladores de Cabo de Palos desde los botes precisamente porque llevaban la cabeza rapada por motivos de disciplina. En consecuencia se ahogaron todas ellas. Aparecieron luego ahogadas en una de las calas que hay junto al Faro de Cabo de Palos y que se le llama por ello La Cala de Las Monjas. Y dice la leyenda que por la noche, cuando es el aniversario del hundimiento del “Sirio”, es decir, cada 4 de Agosto, todavía se oyen sus cánticos y lamentos en dicha cala. Puede ser una buena excusa para visitar Cabo de Palos de noche ¿no?

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Si llueve, migas

Hoy que llueve es día de migas, como sabe todo el mundo. Al menos todo el mundo que es de Cartagena (o de Murcia, que es eso que nos rodea por todas partes menos por la mar).

Mis migas
Mis migas

He leído varias versiones de la costumbre por estas tierras de comer migas los días que llueve y hay una que dice que al ser el agua un bien tan escaso y preciado en el sureste, el día que había lluvia era un día festivo que se celebraba comiendo ese plato exquisito para tanta gente. Hay otra teoría, que me convence más, que dice que cuando llovía y no se podía hacer otra cosa, había que apañarse con lo que hubiese almacenado en casa y lo que solía haber era pan duro. En caso de ser algo afortunados, algunos tenían guardados también productos derivados de haber matado a su chinico, es decir longanizas, tocino y todas esas cosas que hacen las delicias del Señor Colesterol. Y esas eran las cosas que acompañaban a las migas, como «tropezones».

Si este blog fuese de cocina, ahora vendría la receta de las migas, pero no lo es. Me limito a decir que me salen muy bien y que, entre las dos escuelas que hay, la de hacerlas con harina o hacerlas con pan duro, soy de esta última, por supuesto. Y que doy fe de que cuanto más duro esté el pan, mejor salen. Y que si se mezclan varios tipos de pan, también salen mejor que si son de uno solo. O son mejores, o a mí me gustan más, al menos.

En Cartagena, y no sé si en otros sitios, hay dos tipos de migas: de pobre y de rico. En contra de lo que pudiese pensarse, las de pobre son las que llevan tropezones y las de rico las que llevan las migas de pan solamente. La razón es sencilla, los pobres necesitaban ingerir calorías y quizás ese plato era el único que tenían al día, por lo que si llevaban morcilla, tocino, longaniza, mejor que mejor. Para los ricos era solamente un exquisito acompañamiento para el chafé o el chocolate y, de ese modo, por supuesto que sobraban los tropezones.

Y ahora, al hilo de que las migas podían ser una comida única de pobre, recuerdo lo que me decía mi madre:

– ¿Qué hay para comer?

-Migas. Si te jode, no lo digas.

Las vistas que se perdió Tejero

El golpista Teniente Coronel Antonio Tejero Molina fue condenado por el intento de golpe de estado del 23 de Febrero de 1. 981.  En Octubre de 1.982 él, y algunos de sus cómplices, fueron dispersados y trasladados a diferentes establecimientos penitenciarios de España. A Tejero le correspondió ser recluído en el Castillo de San Julián, en Cartagena, que ya había sido utilizado como prisión para militares de alta graduación anteriormente pero, debido al mal estado de las instalaciones, finalmente fue durante un tiempo a otra prisión militar, también en Cartagena.

Estas preciosas vistas de Cartagena, su campo y su mar, fueron las que se perdió Tejero.

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Cartagena desde San Julián

El Castillo de San Julián está a una altura de 295 metros sobre el nivel del mar y tiene una fantástica vista sobre la dársena de Cartagena. La historia y características de esta fortaleza hay quien las conoce mejor que yo, por ejemplo AFORCA y dejo aquí los enlaces para quien quiera conocer más.

Mi intención es únicamente ofrecer algo, no de allí, sino de lo que se ve desde allí, para aquellos que no hayan podido hacerlo o para los que quieran recordarlo.

La altura hace que los paisajes sean espectaculares en cualquier dirección hacia la que se mire. Por ejemplo, hacia el oeste, alcanzando la vista, en el horizonte, el Cabo Tiñoso y teniendo por medio las Algamecas (chica y grande), Fatares, Islas de la Torrosa y de Las Palomas, etc.:

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Vista en la misma dirección, pero desde el interior de la garita de guardia, y con la fortaleza de Santa Ana a los pies.

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Con tiempo despejado y buena vista, al fondo se distingue el Mar Menor y sus islas, así como la franja de La Manga.

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Una preciosa vista de la ermita sobre el Monte Calvario. Lástima que no fuese día de romería.

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El puerto, “a quien los de Cartago dieron nombre, cerrado a todos vientos y encubierto, a cuyo claro y singular renombre, se postran cuantos puertos el mar baña, descubre el sol y ha navegado el hombre”. Como ya dijo Don Miguel de Cervantes. En primer lugar, el dique de la Curra. Al fondo, la empresa Navantia y el Arsenal Militar:

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El espacio entre los faros de Navidad (luz roja) y La Curra (luz verde). Bajo este último está La Losa (o La Laja) de la que hablaré en el futuro en otra entrada de esta web, Dios mediante

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Vista parcial del Campo de Cartagena. En el centro se distingue el monte Cabezo Beaza, que da nombre al polígono industrial que se extienda a sus pies.

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La refinería de Escombreras al fondo y, en primer término, las basadas de los cañones que se emplazaban en esta batería de costa, hoy ya desmantelados.

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La pobrecita Isla de Escombreras, que ha quedado encajonada por los muelles y diques de las obras de ampliación de la refinería de Escombreras. Su nombre no tiene nada que ver con la primera acepción de la RAE de esa palabra escombro: cascotes, yeso, piedras, residuos y cemento. Proviene de la abundancia, en el pasado, del pez “escombro”, segunda acepción de la RAE  que había en sus cercanías, una variedad de la caballa, y con el que se hacía, entre otros, el apreciado “garum”.

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Esta es una vista general en dirección Este.

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Y esta otra, en dirección oeste, hacia Cartagena y el poniente.

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También dejo aquí un pequeño video de la dársena de Cartagena vista desde el Monte San Julián.

Y así terminó mi excursión al monte San Julián, de la que guardo un grato recuerdo y la cual hice en compañía de mi hijo, el cual me ayudó a hacer el esfuerzo de subir, venciendo mi vértigo y con algunas rampas de hasta el 17% de desnivel.

Amanece, que es bastante

Nací en plena canícula y justo al mediodía. Creo que aquella fue la primera bofetada que recibí en mi vida; el caso es que le huyo al sol y al calor y les temo más que a una vara verde. Quizás por eso las horas centrales del día son las peores para mí y prefiero, con diferencia, el amanecer y el anochecer.

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Amanece sobre el Mediterráneo

Tenía un amigo, que lamentablemente ya no está, y que cada mañana, invariablemente, medio en serio y medio en broma, hacía una especie de ritual muy sui-géneris en que se dirigía al sol saliente y decía algo así como “Gracias, Señor, por permitirme estar un día más entre tanto cabrón y tanto hijo de puta”. Aquello, tan poco elegante para unos y tan chistoso para otros, no era ni una cosa ni la otra. Yo, que lo conocí bastante bien, sabía que era un agradecimiento sincero a lo que él entendía como ser superior por ver la luz de un nuevo día a pesar de todas las dificultades y sinsabores que el día podría depararle, y era lo suficientemente tímido como para no reconocerlo abiertamente y lo suficientemente cínico como para disfrazarlo de una pátina de irreverencia que impedía que los más agresivos se burlasen de su intimidad.

 

Me gusta, y mucho, “Amanece, que no es poco”, una película de humor absurdo y surrealista, hecha por el genial José Luis Cuerda. La veo de cuando en cuando y me acuerdo de mi amigo aunque solo sea por el título porque, para él, el que amaneciera ya era mucho. Le gustaba vivir y era feliz de sentirse vivo cada mañana, cuando se elevaba el sol.

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Para mí, el amanecer y el anochecer son horas mágicas en que todo es posible, como en la película “Lady Halcón” interpretada por Michelle PfeifferRutger Hauer , y dirigida por Richard Donner. O esos momentos de incertidumbre, de cambio, de crisis, en los que, como decía el filósofo marxista Antonio Gramsci  “lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”.

Aunque me gustan ambos momentos, amanecer y atardecer, tengo mi preferencia por el primero, por la carga de inicio, optimismo, comienzo, esperanza, energía, fuerza y un montón de sinónimos más que se podrían citar. Y no es porque yo sea optimista, que no lo soy, sino por todo lo contrario, porque necesito ponerme al lado de quienes lo sean o estar en situaciones que lo promuevan, para que me den lo que no tengo.

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 Luego, cuando amanece, le sucede un atardecer o anochecer, invariablemente. Y tendrá el sabor agridulce de las despedidas, la melancolía de lo que se apaga. También conocí a alguien, que tampoco está, que su ritual particular era con el anochecer y consistía en fijar los ojos en el sol que ya se estaba ocultando en el horizonte, aprovechando esos momentos en que ya su luz agonizante no daña la retina, y contener la respiración hasta que se apagaba el último rayo solar.

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Isla de la Hormiga

Y aunque no sigo ninguno de los rituales, también estoy contento de estar entre tanto hijico. Por ahora.

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Cartagena va despertando

Cuando puedo, cuando tengo una cámara a mano, y a veces hasta con el móvil, aunque no me guste hacerlo con un chisme que es para hablar, recojo unos momentos y otros. Por supuesto se pueden encontrar por la red fotos de amaneceres y atardeceres mucho, muchísimo, más bonitos, pero éstos tienen para mí algo diferente, y es que, claro, son los míos.

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La montera del Roldán

No entiendo de meteorología. Mejor dijo, no entiendo de meteorología tampoco. Mi única conexión con esta ciencia son los dolores que me produce la artritis cuando va a cambiar el tiempo, y fallan mucho las predicciones además porque también me duele cuando no va a cambiar. Soy tan poco meteorólogo que por no tener, no he tenido nunca ni una nube en un ojo.

El Roldán con montera – Fotaza gentileza de Pencho Angosto, amigo y compañero.

 Y sin embargo, pese a mis nulos conocimientos en el arte de actuales estrellas como Mario Picazo o Jacob Petrus, ya retiradas como José Antonio Maldonado o Paco Montesdeoca, o bien históricas y míticas como Mariano Medina, estoy en condiciones de afirmar que eso de que “el Roldán con montera, agua espera”, es mentira. Una mentira amable y graciosa, pero mentira.

Ya dije que no entiendo de meteorología tampoco. El “tampoco” es porque no entiendo de casi nada, y en el saco de mi ignorancia también se incluye la geología, la orografía, la petrología y muchas más. Sin embargo, sí que tengo dotes de observación, me gusta fijarme mucho en las cosas. Y así, fijándome, sé que el Roldán, con sus 490 metros de altura, es una de las montañas más significativas de Cartagena, visible casi desde todos los puntos de nuestra ciudad y comarca, desde el interior y desde el mar.

Vertice-geodesico-Roldan

El pico Roldán, 490 metros sobre el nivel del mar.

El Roldán tiene una forma, una silueta, que es familiar a todos los cartageneros y aunque son muchas sus colinas, cerros, montañas y montes, que de todo hay, los que forman el paisaje cartagenero, quizás por su altura, quizás por su visibilidad, ha hecho que sea un poquito más popular que otras.

Y cuando uno es popular, empiezan a atribuirle propiedades, mitos y leyendas, poderes,…

Por la cara del Roldán que da al mar trepa a veces la boria, término cartagenero para la niebla, y que es una derivación o una corrupción del catalán boira, y luego esa boria desciende por la otra ladera hacia los campos, o bien se queda estancada en la cima por razón de vientos, diferencias de temperatura u otras razones que se escapan a mi desconocimiento meteorológico en el que ya no pienso insistir más.

La boria bajando desde la estribaciones del Roldán

La boria, decía, a veces se queda sobre la cima del Roldán, esa es su “montera”. Y hay dos refranes populares asociados a ella, uno corto y otro largo. El corto, lo cité al principio “El Roldán con montera, agua espera”. El largo dice “Si el Roldán tiene montera, llueve en Cartagena, quiera Dios o no quiera”. Y son falsos, corto o largo.

Cuando el Roldán tiene montera, a lo mejor llueve… o a lo peor no (porque aquí siempre hace falta agua). Ocurre como con mis rodillas, que cuando me duelen, a veces es porque va a llover y otras no cae una gota.

El Roldán sigue luego más allá en dirección oeste, como se ve en la fotografía siguiente, por Collado Roldán, Cerro de la Estrella, Puntal del Moco, baja hasta la playa de El Portús y luego vuelve a trepar en dirección a La Muela, que esa sí que tiene una altura mayor que él (546 metros) aunque no tanto como Peñas Blancas, que es el techo de Cartagena, con 625 metros sobre el nivel del mar.

Al fondo, El Portús

Cerro de la Estrella, Puntal del Moco, El Portús, etc.

Ya saben, cuando el Roldán tiene montera, agua espera. Aunque a veces se pasa meses esperando a esa lluvia.

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