Nací en plena canícula y justo al mediodía. Creo que aquella fue la primera bofetada que recibí en mi vida; el caso es que le huyo al sol y al calor y les temo más que a una vara verde. Quizás por eso las horas centrales del día son las peores para mí y prefiero, con diferencia, el amanecer y el anochecer.
Amanece sobre el Mediterráneo
Tenía un amigo, que lamentablemente ya no está, y que cada mañana, invariablemente, medio en serio y medio en broma, hacía una especie de ritual muy sui-géneris en que se dirigía al sol saliente y decía algo así como “Gracias, Señor, por permitirme estar un día más entre tanto cabrón y tanto hijo de puta”. Aquello, tan poco elegante para unos y tan chistoso para otros, no era ni una cosa ni la otra. Yo, que lo conocí bastante bien, sabía que era un agradecimiento sincero a lo que él entendía como ser superior por ver la luz de un nuevo día a pesar de todas las dificultades y sinsabores que el día podría depararle, y era lo suficientemente tímido como para no reconocerlo abiertamente y lo suficientemente cínico como para disfrazarlo de una pátina de irreverencia que impedía que los más agresivos se burlasen de su intimidad.
Me gusta, y mucho, “Amanece, que no es poco”, una película de humor absurdo y surrealista, hecha por el genial José Luis Cuerda. La veo de cuando en cuando y me acuerdo de mi amigo aunque solo sea por el título porque, para él, el que amaneciera ya era mucho. Le gustaba vivir y era feliz de sentirse vivo cada mañana, cuando se elevaba el sol.
Para mí, el amanecer y el anochecer son horas mágicas en que todo es posible, como en la película “Lady Halcón” interpretada por Michelle Pfeiffery Rutger Hauer , y dirigida por Richard Donner. O esos momentos de incertidumbre, de cambio, de crisis, en los que, como decía el filósofo marxista Antonio Gramsci “lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”.
Aunque me gustan ambos momentos, amanecer y atardecer, tengo mi preferencia por el primero, por la carga de inicio, optimismo, comienzo, esperanza, energía, fuerza y un montón de sinónimos más que se podrían citar. Y no es porque yo sea optimista, que no lo soy, sino por todo lo contrario, porque necesito ponerme al lado de quienes lo sean o estar en situaciones que lo promuevan, para que me den lo que no tengo.
Luego, cuando amanece, le sucede un atardecer o anochecer, invariablemente. Y tendrá el sabor agridulce de las despedidas, la melancolía de lo que se apaga. También conocí a alguien, que tampoco está, que su ritual particular era con el anochecer y consistía en fijar los ojos en el sol que ya se estaba ocultando en el horizonte, aprovechando esos momentos en que ya su luz agonizante no daña la retina, y contener la respiración hasta que se apagaba el último rayo solar.
Isla de la Hormiga
Y aunque no sigo ninguno de los rituales, también estoy contento de estar entre tanto hijico. Por ahora.
Cartagena va despertando
Cuando puedo, cuando tengo una cámara a mano, y a veces hasta con el móvil, aunque no me guste hacerlo con un chisme que es para hablar, recojo unos momentos y otros. Por supuesto se pueden encontrar por la red fotos de amaneceres y atardeceres mucho, muchísimo, más bonitos, pero éstos tienen para mí algo diferente, y es que, claro, son los míos.
No entiendo de meteorología. Mejor dijo, no entiendo de meteorología tampoco. Mi única conexión con esta ciencia son los dolores que me produce la artritis cuando va a cambiar el tiempo, y fallan mucho las predicciones además porque también me duele cuando no va a cambiar. Soy tan poco meteorólogo que por no tener, no he tenido nunca ni una nube en un ojo.
El Roldán con montera – Fotaza gentileza de Pencho Angosto, amigo y compañero.
Y sin embargo, pese a mis nulos conocimientos en el arte de actuales estrellas como Mario Picazo o Jacob Petrus, ya retiradas como José Antonio Maldonado o Paco Montesdeoca, o bien históricas y míticas como Mariano Medina, estoy en condiciones de afirmar que eso de que “el Roldán con montera, agua espera”, es mentira. Una mentira amable y graciosa, pero mentira.
Ya dije que no entiendo de meteorología tampoco. El “tampoco” es porque no entiendo de casi nada, y en el saco de mi ignorancia también se incluye la geología, la orografía, la petrología y muchas más. Sin embargo, sí que tengo dotes de observación, me gusta fijarme mucho en las cosas. Y así, fijándome, sé que el Roldán, con sus 490 metros de altura, es una de las montañas más significativas de Cartagena, visible casi desde todos los puntos de nuestra ciudad y comarca, desde el interior y desde el mar.
El pico Roldán, 490 metros sobre el nivel del mar.
El Roldán tiene una forma, una silueta, que es familiar a todos los cartageneros y aunque son muchas sus colinas, cerros, montañas y montes, que de todo hay, los que forman el paisaje cartagenero, quizás por su altura, quizás por su visibilidad, ha hecho que sea un poquito más popular que otras.
Y cuando uno es popular, empiezan a atribuirle propiedades, mitos y leyendas, poderes,…
Por la cara del Roldán que da al mar trepa a veces la boria, término cartagenero para la niebla, y que es una derivación o una corrupción del catalán boira, y luego esa boria desciende por la otra ladera hacia los campos, o bien se queda estancada en la cima por razón de vientos, diferencias de temperatura u otras razones que se escapan a mi desconocimiento meteorológico en el que ya no pienso insistir más.
La boria bajando desde la estribaciones del Roldán
La boria, decía, a veces se queda sobre la cima del Roldán, esa es su “montera”. Y hay dos refranes populares asociados a ella, uno corto y otro largo. El corto, lo cité al principio “El Roldán con montera, agua espera”. El largo dice “Si el Roldán tiene montera, llueve en Cartagena, quiera Dios o no quiera”. Y son falsos, corto o largo.
Cuando el Roldán tiene montera, a lo mejor llueve… o a lo peor no (porque aquí siempre hace falta agua). Ocurre como con mis rodillas, que cuando me duelen, a veces es porque va a llover y otras no cae una gota.
El Roldán sigue luego más allá en dirección oeste, como se ve en la fotografía siguiente, por Collado Roldán, Cerro de la Estrella, Puntal del Moco, baja hasta la playa de El Portús y luego vuelve a trepar en dirección a La Muela, que esa sí que tiene una altura mayor que él (546 metros) aunque no tanto como Peñas Blancas, que es el techo de Cartagena, con 625 metros sobre el nivel del mar.
Al fondo, El Portús
Cerro de la Estrella, Puntal del Moco, El Portús, etc.
Ya saben, cuando el Roldán tiene montera, agua espera. Aunque a veces se pasa meses esperando a esa lluvia.
La verdad es que con una historia tan larga como tiene esta ciudad, se podría elegir entre más nombres para designar a cada punto que en ella existe. El cerro o colina Despeñaperros fue el monte de Hefesto, como se ha dicho, o de Vulcano, según se utilice la terminología de la mitología griega o romana, pero también se llamó Cabezo de la Cruz, por una ídem grande de mármol que lució en su cima. Y también fue el Cabezo de las Bruxas que, al parecer, haberlas haylas también en Cartagena.
En cuanto al Cerro Aletes o Aleto, que no es un dios de largo currículum precisamente, sino más bien escaso, y al que sólo se le recuerda el mérito de haber descubierto un yacimiento argentífero, se le llamó también San Jusepe, por un barrio o arrabal del mismo nombre que allí había, al parecer con pobladores de origen italiano. Desparecieron los itálicos y se quedó el nombre, cambiando de San Jusepe (Giuseppe digo yo que sería en sus comienzos) a San José.
Entre Hefesto y Aleto estaban posteriormente, cuando la muralla rodeaba completamente a Cartagena, una de sus puertas, la de San José, aproximadamente por donde la actual Plaza de Bastarreche, y era tanto su tráfico que hubo de ampliarse. Por esta zona, que sufrió intensos bombardeos de las tropas centralistas cuando la independencia cantonal de Cartagena, entraban habitualmente los aguadores en la ciudad, llevando su valiosa mercancía en cántaros, ya que siempre hemos estado escasos de agua potable por aquí. Salada, la que haga falta, eso sí.
Calle San Diego al fin
Aquella calle, que se llamó San José un tiempo, terminó por llamarse San Diego por un convento de monjes franciscanos del mismo nombre que se estableció por allí.
Mi historia particular con la calle San Diego se limita a haber sido durante muchos años mi vía de paso diario, cuando vivía cerca de la estación de tren, y la de haber recogido en diferentes fotos su cambio (escaso, también hay que decirlo) entre 1990, cuando comencé la serie, y ahora, 2013, en que la cierro.
De 2004 a 2013. 9 años perdidos.
En entradas posteriores recogeré otras calles y otros puntos de Cartagena y su cambio, visto siempre desde el mismo ángulo, a lo largo de estos últimos veintitantos años
QUITAPELLEJOS: Barrio de la Concepción. En una época estuvo prohibido utilizar ese nombre, bajo multa. (Su nombre proviene de una fábrica de artículos de cuero que hubo en el barrio. Se prohibió en tiempos de Carlos III por “ofensivo”)
Quitapellejos
GUATINÉ: Bata para estar en casa.
Guatiné
TRAJÍN: Trabajo, ocupación, casi siempre asociado con aceleración y agobio.
RABICULAO/RABICULÁ: Cualquier cosa hecha con rapidez, habilidad, diligencia, presteza…
SONSOELPUTO: Mosquita muerta. Apariencia inocua pero que esconde malas intenciones.
VIENTO SOCORRÍO: Brisa fresca, soplo agradable.
ROMANONES: Pasteles típicos cartageneros. Circulares y luego cortados en porciones triangulares.
Romanones
TORMO: Poco habilidoso // Basto y tosco.
CURIANA: Cucaracha.
CIMBEL: Pene.
VIGAMIA: Conjunto de vigas o colañas.
VINO DEL CAMPO: Vino procedente del campo por antonomasia: el de Cartagena.
Cuando leía las obras de Henning Mankell, y las he leído todas hasta ahora, concretamente las novelas de su personaje Kurt Wallander, me llamaba mucho la atención que el padre del personaje tuviese como afición pintar cuadros y que siempre pintase la misma obra: un urogallo, en la misma postura y con el mismo paisaje al fondo.
No sospechaba entonces, o mejor dicho no me daba cuenta, de que a mí me estaba ocurriendo en parte lo mismo, porque yo tenía y tengo un, llamémosle, capricho similar: fotografiar la Gola de Marchamalo en distintos momentos y épocas del año, aunque eso sí, no siempre con el mismo paisaje de fondo.
La Gola de Marchamalo
La gola –garganta- de Marchamalo, en La Manga, es el único canal artificial de los cinco que unen el Mar Menor con el Mediterráneo (o Mar Mayor, como decimos los cartageneros). En el siglo XVI se concedió al Santo Hospital de Caridad de Cartagena licencia para su construcción y explotación pesquera por el sistema de encañizada, introducido por los árabes, un método artesanal que era muy frecuente en el litoral mediterráneo y aún más en el Mar Menor.
Es un canal de muy poca profundidad que no permite el paso más que de embarcaciones de muy poco calado. Además, al ser totalmente artificial, cuesta mucho trabajo mantenerlo limpio de sedimentos, sobre todo arena, que tienden a cegarlo y obliga a su dragado periódico para evitar su obstrucción total y problemas de salubridad que ocasionaría si terminaran por estancarse sus aguas.
Dragando el Canal de Marchamalo (Foto: La Opinión)
Sin embargo, pese a sus dificultades, su labor es importante ya que ayuda a intercambio de fauna piscícola entre ambos mares, a la compensación de niveles del Mar Menor que varían tanto en cantidad como en salinidad de sus aguas debido a las lluvias, a la gran evaporación por el calor, etc. así como a que haya circulación y movilidad, aunque sea escasa, de sus aguas entre la zona norte (donde están los canales del Estacio, la Torre, el Charco y el Ventorrilo, con la zona sur de la laguna, que es donde está Marchamalo, que en principio se llamó Encañizada de Calnegre.
Urbanización de La Manga
Maqueta del proyecto de urbanización de La Manga
Cuando a partir de la primera década de los 60 en el siglo XX empieza la urbanización (salvaje, dicho sea de paso) de La Manga, se crea la necesidad de la construcción de un puente sólido sobre el canal de Marchamalo en lugar del provisional que existía, ya que ha de soportar el tráfico rodado pesado.
Después, La Manga se va poblando de edificios de todo tipo y condición, sin ninguna planificación ordenada y sin el más mínimo respeto a las normas elementales de medio ambiente. La zona de la Gola de Marchamalo no iba a ser una excepción y también se va construyendo a su alrededor. Una de dichas construcciones es el primer puerto deportivo, el “antiguo”, hoy ocupado por el Club Náutico La Isleta.
Y sobre todo, lo peor de lo peor, en la segunda mitad de los años 80, tres monstruosos edificios de apartamentos en primera línea de playa, dos de ellos en el lado sur del canal, los del Residencial Club Náutico, y otro en el lado norte.
Bloques en primera línea de mar
Pocos cambios en Marchamalo
Desde que lo conozco, y de eso ya hace tiempo, Marchamalo ha sufrido pocos cambios significativos aparentemente salvo el de las tres enormes torres de pisos sobre la mismísima arena del Mar Menor.
La encañizada, aunque sin uso pesquero, se mantuvo hasta finales de los 80 aproximadamente, y actuaba como valla divisoria entre ambos mares e impedía la circulación de embarcaciones de una a otra parte.
Marchamalo en los 80
Tras su desaparición, además de empezar a circular canoas, veleros y esos ingenios tan agradables que son las motos acuáticas, con sus sones acompasados que sirven de arrullo para los sueños estivales y sus efluvios de fragancias arrebatadoras.
Embarcaciones en el canal
Con esa circulación de embarcaciones, el canal se convirtió en un fondeadero ilegal que acogía cientos de embarcaciones de todo tipo y condición, con sus correspondientes “muertos” o bloques donde amarrar los barcos. Incluso algunos marinos manitas se habían fabricado sus pequeños espigones artesanales.
Un cambio muy menor fue el de las alzavaras que nacieron, crecieron y murieron en el pequeño canal o subcanal que discurre paralelo a la calle de la Isla de Delos, y une el puerto deportivo y el propio canal de Marchamalo.
Alzavara (Pita o Ágave) de una altura extraordinaria.
Mi urogallo particular
Marchamalo se ha convertido en mi urogallo particular, como el padre de Wallander, que ya dije al principio. Me he acostumbrado (casi) hasta a esos gigantes de hormigón que afean el horizonte oeste y juegan al escondite con las puestas de sol.
Marchamalo desde el cielo.
Fotografío una y otra vez Marchamalo –además de otras cosas, claro- desde un lado y desde el otro, con nubes y con sol, en panorámica y en detalle, de día y de noche.
Del día a la noche
No sé si es una fijación o no, ni si requiere atención médica, espero que no. Y si es que sí, pues mira, como dicen en mi tierra, “a otros le da por chupar candaos…”
Me gusta mucho Joaquín Sabina. Mejor dicho, me gustaba mucho hasta que empezó a estar encantado de haberse conocido y a encontrarse graciosísimo a sí mismo y reírse de todo lo que dice. De la primera etapa me gustaban todas sus canciones, quizás porque las entendía.
Con las, digamos, modernas, confieso que al principio me hice algún que otro esguince mental intentando comprender esas metáforas tan sesudas. La famosa frase esa que dice de algo que es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, si le añadimos una docena de sinónimos más, podría definir el mensaje de algunas canciones de Joaquín Sabina. Al menos para mí.
Y conste que tengo todos sus discos hasta «Nos sobran los motivos». Y su libro “Con buena letra”, que recoge precisamente sus letras, porque me encanta(ba)n.
Con buena letra
Pero me estoy desviando de lo que yo quería decir y la culpa es por la canción de Sabina “La del pirata cojo”, con cara de malo y parche en un ojo.
Lo del parche, de eso quería yo hablar. En primer lugar, aclarar a quien le interese que no había tantos piratas tuertos como se cree, porque el parche que llevaban tantos no era porque les faltase un ojo, aunque a algunos sí. El motivo era técnico. Después de estar peleando a plena luz sobre la cubierta del barco asaltado, entraban en los sollados y sentinas, donde estaban a oscuras, y allí eran presa fácil de los enemigos porque quedaban momentáneamente “ciegos” hasta que sus pupilas se acostumbraban de nuevo a la oscuridad, lo que les llevaba un tiempo, como a usted y a mí.
En cambio, cuando entraban, se destapaban el ojo que llevaban ya acostumbrado a la oscuridad y seguían peleando como fieras. Eran brutos, pero no tontos. Y es que, aunque esté mal que yo lo diga, soy todo un experto en piratas.
Con cara de malo y parche en un ojo…
Sin embargo, ha habido personajes que sí que han llevado parche en un ojo porque les faltaba el mismo y las razones de esa pérdida de visión que se conocen han sido variadas.
Por ejemplo, de la Princesa de Éboli, unos dicen que lo perdió practicando esgrima y otros que en realidad era que tenía un estrabismo que la afeaba y prefería llevarlo tapado.
Ana de Mendoza de la Cerda, princesa de Éboli para los amigos.
Otro ejemplo es Aníbal, unos dicen que lo perdió en una batalla y otros que por una enfermedad.
Aníbal Barca. Antes de perder el ojo, claro.
O Millán Astray, fundador de la legión, el del famoso grito ”¡Viva la muerte!”, que murió del corazón, como todo el mundo cuando se le para.
Millán Astray
Lo mismo que le pasó a otro famoso tuerto: Moshe Dayan.
Moshe Dayan
Entre los actores y directores de cine parece que es muy común perder un ojo, como por ejemplo John Ford, Raoul Walsh, Fritz Lang o Nicholas Ray. Las razones son de lo más variopintas, que si fue herido en la batalla de Midway, que si se le cruzó una liebre y se cayó, o que si tuvo una embolia.
Sí señor. ¿Quién no ha sentido alguna vez la irresistible tentación de sacarse un ojo y ser el centro de atención de todas las reuniones y conversaciones? ¿Y el glamour que da ponerse un parche como Daryl Hannah en Kill Bill o llevar un ojo de cristal como Peter Falk, el inefable Colombo?
Reconozcámoslo, a todos nos encantaría eso. El problema llega a la hora de decidir la forma de hacerlo, la herramienta… ¿Unos alicates? Brrrr, va a ser que no. ¿Ácido? Si cuesta acertar con los colirios, no digamos con el salfumán ¿a quién no le temblaría el pulso?
No, lo dicho, lo mejor es veranear en La Manga. Las vistas son preciosas, hay 40 kms de playas de arena y dos mares, a elegir. Por la mañana, a coger bronce con protección 500 mínimo y, por las tardes, a pasear por la Gran Vía, tomando el fresquito que trae la brisa marina.
En esa larguísima Gran Vía hay estratégicamente colocadas decenas de palmeras con las hojas y sus correspondientes espinas, agujas finas y puntiagudas, a la altura de la cara. Me imagino que serán como el florete que se supone que dejó tuerta a la princesa de Éboli. Esas agujas, tan astutamente pensadas, están allí, cubriendo el espacio por donde circulan los peatones ansiosos de ser desojados.
Palmeritas y no de hojaldre
En alguna ocasión he visto alguna palmera que tiene todas las hojas recogidas y atadas con alguna cuerda, con lo que se hace más difícil la tarea extractiva. Debe ser cosa de algún desaprensivo que anda por ahí tratando de impedir tan loable labor palmeril. Por suerte, debe haber alguien encargado del mantenimiento porque, al poco, las agujas suelen estar otra vez bien pujantes y al alcance de cualquier córnea.
Los chemtrails (chemical trails) o estelas químicas son una de las teorías de la conspiración más actuales. Según esta teoría, la población está siendo fumigada con objetivos no aclarados pero en ningún caso buenos.
Aquí hay más información sobre los chemtrails. Pero en la red se pueden hallar miles de artículos y opiniones sobre estas estelas, de diferentes formas, aunque una de las más comunes son las líneas rectas que se entrecruzan entre sí formando una especie de parrilla.
A finales de Diciembre de 2012, el día 30 exactamente, si la teoría es cierta, estuvieron fumigando sobre mi casa. Esta era la imagen de aquellos chemtrails.
Es curioso, pero siempre sobran árboles. Siempre hay buenos motivos para eliminarlos y nunca los hay para plantarlos. En todo lugar, en cada circunstancia y por cada agente actuante, siempre sobran árboles.
Una triste verdad
Si se hace una carretera, hay que talar árboles por donde pasa. Y si ya está hecha, hay que talar los árboles que había a los lados, por seguridad vial. Si se urbaniza, hay que eliminar los árboles para construir las casas, y si el terreno no es urbanizable, algún oportuno incendio forestal se encargará de que lo sea después. Y hasta he visto que en alguna urbanización ya existente que iba a hacer reformas, cortaba tooooodos los pinos de una calle para que no estorbaran a los camiones de los reparadores.
Se talan árboles para crear terreno cultivable, para criar pasto para la ganadería, para hacer pistas deportivas, para obtener madera, para hacer papel, para sanearlos porque están demasiado secos, o demasiado juntos, para hacer leña y venderla clandestinamente, o para que no aniden los pájaros y manchen con sus cagadas… la lista es tristemente larguísima. Pero sea legal o no la tala, parece que nadie está obligado a reponer esos árboles plantando otros.
Y no pensemos en que siempre son empresas o colectivos con intereses más o menos oscuros. El gen destructor de árboles lo llevamos todos (o casi todos, por dejar una puerta abierta al ofendido y aludido de turno), a nivel individual.
He visto a una anciana venerable regar a diario con lejía una enorme higuera del jardín comunitario, para secarla porque estorbaba para los juegos de sus nietos. Por suerte, ganó la higuera. Y al vecino empeñado en talar una majísima palmera porque le tapaba parte de la vista desde su terraza. Se salvó por los pelos, al estar protegida y tener sanción; al final se trasplantó a otra zona.
Estamos cavando nuestra tumba con nuestros propios dientes. La venganza de la tierra puede ser lenta, pero es segura. El clima es el ejemplo más claro e impactante con sequías, inundaciones, deshielos… y luego está el aumento de la contaminación, los cambios en las conductas de la fauna, la desaparición de las abejas… nada que no sepa cualquiera que tenga ojos y oídos.
Me duele ver desaparecer árboles en cualquier parte y en donde vivo, Tentegorra, a quien hay quien llama “el pulmón de Cartagena“, lo veo continuamente. Aquí hay algunos ejemplos que voy recogiendo aquí y allá. Ojalá no termine siendo un pulmón tuberculoso o silicótico.
El hombre que plantaba árboles
Hace ya mucho tiempo que leí “El hombre que plantaba árboles” y todavía recuerdo el grato impacto que me produjo. Su autor, el francés Jean Giono, lo publicó en 1.954.
Jean Giono
Tuvo un gran éxito a nivel mundial, salvo en Francia (cosa realmente extraña conociendo el chauvinismo galo) y se tradujo a varios idiomas. Es un libro muy corto pero tuvo (y tiene) una gran trascendencia, ha llegado a inspirar incluso reforestaciones, se hizo un cortometraje de animación de él y según su autor, fallecido en 1970, fue la obra que más satisfacciones le dio pese a no obtener ningún beneficio económico de él, ya que renunció a sus derechos y su reproducción es libre y gratuita.
El personaje protagonista, Eleazar Bouffier, es ficticio, como explicó el propio autor en una carta, pero mucha gente creía que era real, incluso el gobierno francés lo creyó porque la zona en cuestión, anteriormente desolada, luego se fue repoblando sin saber la razón y en la actualidad hay una hermosa vegetación y bosques. Por eso, todavía hay quien cree que podría ser una realidad novelada, inspirada en alguien que realmente existió.
El libro describe cómo el hecho de plantar árboles, o mejor dicho su resultado, el que haya árboles o no, puede transformar la vida, y no solamente el paisaje, sino el carácter y la salud de las gentes que habitan esas tierras.
En Cartagena nació el inventor del submarino, en Cartagena se construyen todos los submarinos españoles, y en Cartagena está, ahora bajo techo, el primer submarino del mundo, el de Isaac Peral, que es símbolo no oficial de la ciudad. Este ingenio, que revolucionó la forma de explorar el mar, fue diseñado no solo con el objetivo de la guerra, sino también para permitir una nueva era de exploración subacuática. El primer submarino que pueda llamarse así, claro, porque hubo otros intentos anteriores pero que no llegaron a la funcionalidad requerida. Es algo que sabe casi todo el mundo. Pero parece que a los cartageneros el ingenio y la visión de futuro se nos quedaron estancadas en algún momento de la historia. Entre 1973 y 1975 se botaron en la Empresa Nacional Bazán de Cartagena los cuatro submarinos de la clase Daphne de la Armada Española: S-61 “Delfín”, S-62 “Tonina”, S-63 “Marsopa” y S-64 “Narval”. El Delfín y el Narval fueron dados de baja en 2003, el Tonina fue baja en 2005 y el Marsopa en 2006. Posteriormente, el Narval fue desguazado, un proceso que simbolizó el final de una era para las embarcaciones que habían servido con lealtad. En cambio, el Tonina y el Marsopa están a la espera de destino, uno en seco y el otro a flote, lo que refleja el destino incierto de muchos submarinos de esa época. Mientras que el Delfín es el que ha corrido, hasta ahora, mejor suerte, siendo preservado como un monumento histórico, lo que permite a las nuevas generaciones aprender sobre la rica historia de la ingeniería naval en Cartagena y apreciar la evolución de la tecnología submarina.
El Ayuntamiento de Torrevieja adquirió el Delfín y, desde el 8 de Mayo de 2004, está siendo visitado por turistas y curiosos, en visitas guiadas, al módico precio de 2 euros. Hasta hace unos meses, había recibido ya más de un millón y medio de visitantes, lo que da una cifra respetable de ingresos económicos para las arcas torrevejenses. El éxito ha animado a incorporar otros buques al museo flotante y ya están el patrullero “Albatros”, un velero que está en fase de acondicionamiento, y otros accesorios como torpedos, etc.