
El Efesé anda perdido, muy perdido. Y de la mano lo lleva su entrenador, Borja Jiménez, que anda más perdido que él. No le veo un largo recorrido a este míster, salvo que encuentre la salida del garaje YA.
Cosas de mi tierra

El Efesé anda perdido, muy perdido. Y de la mano lo lleva su entrenador, Borja Jiménez, que anda más perdido que él. No le veo un largo recorrido a este míster, salvo que encuentre la salida del garaje YA.
Balaguero existe en el diccionario de la RAE, sí. Y es sinónimo de almiar, un montón grande de paja, generalmente en torno a un palo para que se mantenga elevado y se ventile. Yo lo llamaría pajar descubierto o al aire libre, ese famoso sitio donde se pierden las agujas.

Pero en Cartagena, no sé por qué, un balaguero es un montón también, pero de ropa sucia, esa que va necesitando encontrarse con un detergente ultrabanqueante y megasuavizante.
Los balagueros siempre han sido amigos de los adolescentes y temían -o temen- a las madres más que a una vara verde, porque los hacían -o los hacen- desaparecer como por ensalmo. (Para los damnificados por la LOGSE: ensalmo es con gran rapidez y de modo desconocido)
Estoy hablando de las madres esas típicas de la familia tradicional, fruto del heteropatriarcado opresor y machirulo. Esas familias con las que quiere acabar el especulador y globalista Sr. Soros. Y no lo digo yo, lo dice él.
Ahora hay muchos tipos de familias que, al parecer, son mucho mejores que la familia clásica. Como yo ya soy mayor y no estoy al día, no me las conozco todas y algunas, además, ni sé lo que son. Pero me suena que hay heteroparentales, homoparentales, monoparentales, monomarentales, cis, transgénero, arcoiris, igualitarias, matriarcales, nucleares, reconstituidas, biológicas, etc.

Por lo que sé, dicen que todas esas son las buenas. Que la única mala es la que conozco, ese modelo en que nací y crecí, ese modelo como la que creé yo. No sé si en las buenas también hay exterminadoras/exterminadores/exterminadoros de balagueros o no. Quizás los/las/les haya. Ni lo sé ni me importa.
Dar un borneo o darse un borneo, en Cartagena tiene el significado de pasear. No caminar o andar, sino pasear, con ánimo lúdico y recreativo.
No conozco el origen exacto de esta expresión, pero creo que hay algunas pistas que pueden servir para darnos una idea.
Para empezar, aquí no existe el verbo «bornear»; la expresión utilizada siempre es la enunciada de dar un borneo. El habla típica de Cartagena y su comarca, como tierra de aluvión que es, tiene raíces en diferentes partes de España. Una de ellas es Cataluña.
En catalán, por lo que sé, aunque no es una opinión unánime, dicen que el término bornear significa pasear por una plaza. Y otros expertos dicen que bornear es participar en una justa, uno de esos torneos medievales tan famosos con caballeros.
Ambas cosas tienen sentido si vamos al diccionario de la RAE y buscamos borne o bornear.
El primero, borne, se refiere al extremo de la lanza que se utilizaba en las justas. Y me permito recordar que cuando el caballero y su caballo llegaban al final de la pista donde contendían, daban la vuelta para una nueva acometida.
En cuanto al verbo bornear, además de varias acepciones que siempre tienen que ver con girar, volver, retorcer, bailar… la primera acepción es dar vuelta, revolver.
Creo que toda esa suma de acepciones es la generó el término cartagenero de darse un borneo, equivalente a darse una vuelta, un paseo (por plaza o no) con el ánimo de recreo o distracción, como hacían en las justas medievales. Aunque a veces resultaran trágicas.
Por poco que le guste Tolkien y la saga «El Señor de los Anillos«, seguro que le ha llegado alguna vez la imagen del Gollum y su famoso latiguillo «mi tesoro, mi tesooooro».
Si no sabe aún de lo que hablo, poco arreglo va a tener esto, salvo que indague por su cuenta. Con las pistas dadas, seguro que lo encuentra.
Bien. Lo que hace el Gollum con el anillo es «guardarlo como un cristal», dicho en cartagenero castizo. Es decir, conservar algo con mimo y esmero, poniendo la máxima atención y hasta devoción.

No puedo explicar el origen de la frase porque lo ignoro, aunque lo he buscado. ¿Ese cuidado es por miedo a cortarse con el cristal? ¿O es porque los cristales de colores siempre han atraído como objetos valiosos aunque fuesen baratijas de intercambio? Repito, no lo sé.
Pero que en cartagenero es así, vaya que sí.
A ver, que nos entendamos, el blancor, como Teruel, existe. Nos dice la RAE que es lo mismo que blancura y esta, a su vez, es la cualidad de blanco.
Si se molestan en consultar la entrada de la RAE verán que blanco tiene hasta 25 acepciones. Una de ellas, por cierto, es un murcianismo para la urraca. Pero, a lo que vamos, no está el blancor cartagenero, eso es algo nuestro.

¿Y de qué se trata? Pues de esa calma que hay a veces, no sé si tras la tormenta o no, esa tranquilidad absoluta que se produce tanto en el mar como en la atmósfera, una situación despejada de paz y bienestar, sin nada que lo enturbie, ni un viento inoportuno, ni una marejadica, ni unos «nulos» amenazantes… Eso es el blancor.
Alguien tenía y tiene que decirlo Y, de hecho, ya somos bastantes en términos absolutos pero pocos, muy pocos, en términos relativos a la totalidad de gente a la que le importa poco o nada lo que ocurra con su idioma. Hagamos un pequeño experimento. Les voy a escribir una noticia -supuesta- que podría oírse en cualquier emisora de radio o televisión o leerse en cualquier tipo de prensa:
«El Presidente de la Xunta de Galicia recibió el pasado domingo al President de la Generalitat de Catalunya y al Lehendakari de Euskadi en la ciudad de A Coruña donde trataron diferentes asuntos. Durante el viaje fueron escoltados por miembros desplazados de la ertzaintza y Mossos d’esquadra.»
¿Encuentran algo raro? ¿no? Bien, hagamos otra prueba. Les leo otra noticia.
«La Queen de England recibió el pasado domingo a la Kanzler de Deutchland y al Prèsident de France en la ciudad de London. Durante el viaje fueron escoltados por miembros desplazados de la BundesPolizei y la Gendarmerie».

En ambos casos el procedimiento ha sido el mismo: sustituir palabras del castellano por palabras de otras lenguas, sólo a que unos cambios ya nos tienen acostumbrados y a los otros todavía no. Y yo les pregunto ¿cómo llamarían Vds. a quien así hablase, diciendo Queen en lugar de reina o London en lugar de Londres? ¿Cómo llamarían a esos que les importa un bledo la conjugación, la sintaxis y la morfología de la lengua castellana?
No sé cómo les llamarían ustedes. Sólo sé cómo les llamo yo pero, eso sí, en la intimidad. Porque en el blog no me gusta dejar palabras malsonantes.
Sí, ya sé. Hay quien me dirá que hablar así es «políticamente correcto» y queda mejor para tener contento a alguien. Alguien a quienes yo alabo el gusto y que, precisamente, lo que hace es defender su idioma con uñas y dientes. Igual que hago yo con el mío. Hay que poner los puntos sobre las íes. A quienes critico no es a esos «alguien» sino a los otros que intentan contentarlos a ellos adulterando el castellano.
Porque la lengua, el idioma, es nuestro, de todos. Si es de todos, también es mío. Y cuando alguien lo corrompe, está degenerando una cosa mía. Yo, como no tengo que contentar políticamente a nadie, soy totalmente libre para denunciarlo. Creo que del mismo modo que en los parques públicos hay unos cartelitos que dicen: «este jardín también es tuyo, cuídalo», deberían emitirse periódicamente unos mensajes de esos a los que nos tienen tan acostumbrados para ir adoctrinándonos que dijesen «el idioma también es tuyo, no lo adulteres». Pero, claro, no se iban a tirar piedras a su «terrao».
Antes he dicho que había gente a la que importaba un bledo la corrección en la utilización de nuestro idioma. Volvamos a la frase. Doy por hecho que ya saben que importar un bledo es lo mismo que importar absolutamente nada y ser totalmente indiferente a algo. Pero ¿conocen el origen de ese término? La explicación está en que el bledo, según dice el diccionario, es una planta anual salsolácea, de tallos rastreros, hojas triangulares y flores rojizas, que crece en las cercanías de las fuentes. Sus semillas se han utilizado a veces como alimento de aves de corral y también, en momentos de máxima necesidad y hambruna, esta planta ha sido alimento de personas en grado extremo de pobreza. Pero el sabor desagradable que tiene hizo que esta planta fuese siempre objeto de menosprecio por parte del pueblo.
Y otra expresión que he utilizado ha sido la de «poner los puntos sobre las íes». Esta curiosa expresión que tiene el significado aproximado de «poner las cosas en su sitio», tiene su origen en el siglo XVI, cuando se extendieron los caracteres góticos en la escritura y era muy fácil confundir dos íes juntas con una «u», por ejemplo. Entonces, para diferenciarlas y evitar los errores, los copistas y escribanos empezaron a poner un puntito sobre cada «i», de modo que se identificara fácilmente. Hubo quien pensó entonces que poner los puntos sobre las «íes» era una costumbre innecesaria y propia de personas excesivamente meticulosas o maniáticas del esmero. El éxito de poner los puntos sobre las íes fue total y la costumbre perdura todavía en nuestros días.
Ahora que estoy acabando este desahogo mental mío, me doy cuenta de que he empleado otra palabra que hacía mucha gracia a un amigo que era director de una emisora de radio: meticuloso. Él era y es muy culto y sabía que no significa nada de lo que podría parecer haciendo juegos de palabras, pero le gusta mucho la broma y siempre hacía chistes cuando yo la pronunciaba. Hablo en pasado porque hace mucho tiempo que no lo veo. Bueno, pues meticuloso no va de meter nada en ningún sitio.
Se refiere a alguien que actúa con mucho cuidado y escrupulosidad, con mucha meticulosidad, valga la redundancia. Parece ser que su origen está en el latín «meticulosus» (medroso, tímido, miedoso) y este, a su vez, de «metus» (miedo, temor). O sea que hablamos de alguien que actúa con mucha pulcritud, diligencia y exactitud por miedo a cometer errores.
Algunas entradas me da entre pereza y tristeza hacerlas, como esta. Y es que no sé si a alguien le interesa de verdad saber qué significa una expresión como «¡Púa arriba, canto ensima!»
Intentaré explicarme mejor. Sí que hay todavía cartageneros a los que les interesa el habla peculiar de su tierra, pero son -somos- cada vez menos y, además, como ya no estamos en vías de hacer la primera comunión, los que utilizamos estas benditas/malvadas redes sociales, aún menos todavía. Estas autopistas digitales, como se les llama de forma bastante cursi, las transitan sobre todo jóvenes que, cautivos de la globalización, el habla vintage de los icues se la trae al pairo.
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En las cosas del Habla Cartagenera hoy tenemos un 2×1, como si esto fuera la tiendesica de la esquina: «Lisquica» y «Bisagra».
Nos han encerrado, aunque ellos dicen confinado porque el jodío virus no era una lisquica, como decían ellos y todos sus bisagras y está muriendo mucha gente, sobre todo mayor.

Un cartagenero castizo entenderá el párrafo anterior pero van quedando pocos, de modo que habrá que explicarlo.
Un bisagra es un pelota, un periodista apesebrado, un tertuliano a sueldo, un estómago agradecido, un artista subvencionado, etc. Puede suponerse que esa bisagra tiene que ver con doblar el lomo y hacer reverencia al poderoso, y sí, algo de eso hay. Pero tiene otra explicación más culta y menos obvia que convive con la anterior.
Se refiere asimismo a esas personas que se avienen a cualquier cosa con tal de obtener un beneficio y su origen está en el latín bis-acra: dos puntas, dos extremos… DOS CARAS, en fin. Hipócritas.
Hemos visto y oído en estos días pasados a muchas bisagras y muchos bisagros, por utilizar el lenguaje que a ellos gusta, convenciendo al personal que el coronavirus era una lisquica. Y eso en cartagenero es una cosa insignificante, sin importancia.
Y resulta que no, no era una lisquica.
Es extraño volver al blog después de tanto tiempo, como extraños son los tiempos que estamos viviendo, confinados en casa por culpa de un maldito virus chino y, en parte, por un gobierno inepto.
El dibujo de hoy lo hice en marzo, pero no de este nefasto año 2020, sino del pasado 2019. ¿Y por qué no lo había publicado hasta hoy? Son razones múltiples, tanto laborales como médicas, pasando por las familiares.
Pero a nadie importan mis dificultades personales y, digo yo, que si están aquí, seguramente es porque les interesa, entre otras cosas, el habla de Cartagena, y más concretamente, el término mardal.
El mardal, en Cartagena, es un carnero, el macho de la oveja, con cuernos enrollados en espiral. Es el símbolo del signo de Aries, la representación del mito del vellocino de oro. Aquel carnero, llamado Crisómalo, era alado. Los mardales de Cartagena son normalitos y no tienen alas, se desplazan a patita, como cualquier hijo de vecino ovejuno.
Pero los mardales no son carneros cualquiera, no, son los carneros-padre, destinados a la procreación; ya saben, el heteropatriarcado y todas esas memeces tan de moda.
El término cartagenero mardal proviene de la voz aragonesa mardano, que se aplica o aplicaba a estos carneros. Hay muchas voces comunes entre Aragón y el campo de Cartagena, por las huestes y población en general con que se repobló esta zona cuando fueron expulsados los moros, por la Reconquista, (algo que nunca sucedió según los historiadores progres, en su intento de convencernos de que España no existe).