Los gatos tienen fama de ladrones, astutos, pillos, traidores, pícaros… el adjetivo, más o menos duro depende del grado de simpatía/antipatía que se les tenga.
La expresión hacer o hacerse el gato, por lo que sé, se usa en Andalucía para referirse a los jornaleros que recogen la aceituna y que utilizan algún ardid para pasar a los olivos que están en mejores condiciones, dejando los peores a otros trabajadores menos avispados.
Aquí, en Cartagena, se utiliza para referirse más concretamente al ladronzuelo, al descuidero, que aprovecha la oportunidad para hacerse con lo ajeno, y siempre con sigilio, rapidez y astucia, como un gato.
Népeta. Con los años que tengo y el habla de mi tierra nunca dejó de sorprenderme. Y eso me ocurrió también con népeta.
Si se busca en la RAE la palabreja esa, népeta, no la va a encontrar, pero no es que no exista , no. Es que es un término que corresponde expresamente a la horticultura. Se le llama también Népeta cataria, Hierba de gato, Menta gatera y Nébeda. Y el nombre científico, en latín, es Nepeta x faassenii.
O sea que existir, existe. Ahora bien ¿por qué en Cartagena una népeta es una nevada, o nevazo? Doy mi palabra de que no he podido encontrar la explicación.
Una népeta en plena Cartagena, pocas veces se ve eso.
Con las veces que nieva en mi ciudad y su campo, algo que las veces que he visto se pueden contar con los dedos de una mano y me sobra algún dedo, tampoco entiendo qué necesidad había de buscar otra palabra distinta para designar una nevada, nevisca o nevazo.
Como si el castellano fuera escaso en palabras para necesitar otras. Pero así somos por aquí.
Curiosamente, hace 80 años justos, el 19 de Marzo de 1939, sí que hubo una abundante nevada, o sea, una népeta en Cartagena.
En las costas de Cartagena –que no de Murcia, porque la ciudad vecina no tiene mar cercano– está la Cala del Reventón.
Cae, desde la ciudad trimilenaria, en dirección este, hacia Cabo de Palos, un poco antes de llegar a la Cala del Muerto, nombre que parece sacado de una novela de Robert Louis Stevenson.
Cala del Reventón, tal y como la muestra Google Maps
Y de eso iba esta pequeña pincelada cartagenera, de nombres. ¿Por qué Cala del Reventón? ¿Reventó allí algo o alguien?
Pues reventar, reventar, parece que no. O sí, metafóricamente. Según creen algunos especialistas en la materia, el nombre viene de la tercera acepción de la palabra «reventón» que tiene la RAE. Una acepción ya casi en desuso y que, seguramente, terminará desapareciendo.
Dice esa tercera acepción que es «Cuesta muy pendiente y dificultosa de subir». Y a esta cala solamente se puede acceder por mar, debido a lo abrupto del terreno.
Bella, pero hay que darse un reventón, para acceder.
Relativamente cerca, y en dirección a Cartagena hay otra calita pequeña, de la que es más fácil imaginar su etimología. Se llama Sinbikini.
La palabra copela, existe, como Teruel, vaya que sí, aunque no es de uso corriente.
Se refiere a un vaso en forma de cono truncado, que se utiliza para trabajar y purificar los minerales de oro o plata, y como curiosidad añadida tiene que está hecho con ceniza de huesos calcinados. Es de suponer que no serán humanos, claro.
Pero en Cartagena, tan dados que somos en darle pescozones al diccionario y desconcertarlo, a él y quienes nos oyen, le cambiamos el significado.
Aquí, un copela es un sordo, o al menos un poco teniente, duro de oído. ¿Por qué? Ah, ni idea. Eso se me escapa, como tantas otras.
Cuando la vimos por vez primera no sabíamos si era macho o hembra, de eso hace ya tiempo. Primero fue mi mujer, paseando a nuestro perro Lanzarote, y me dijo que era muy temeroso y no podía acercarse a él.
Parecía perdido, o más bien abandonado. Andaba buscando alimento, supimos después, pero siempre huía al intentar el acercamiento. Aparecía casi todos los días. Lo veíamos de lejos, suponíamos -y suponemos- que era un perro de caza de los muchos que hay abandonados por sus dueños, cuando son viejos o si no valen para la caza.
Me hacía sufrir aquel perro al que no podíamos ayudar, porque no se dejaba o no sabíamos convencerle. Era invierno, y trataba de suponer dónde pasaría las noches, con tanto frío.
Honey, hoy feliz ya.
Pero, como dice la ley de Murphy, no hay situación, por muy mala, que no sea susceptible de empeorar. Y empeoró.
Me dijo mi mujer que lo había visto que llevaba un pata colgando. Efectivamente, arrastraba una pata trasera, completamente fláccida, como si fuese unida al cuerpo por la mera piel. El pobre animal debía haber sido atropellado o golpeado por alguien con el alma muy negra.
Llegaron las lluvias y fueron muchos días y muchas noches en que lloré, imaginando cómo estaría aquel pobre perro. Y no sabía qué hacer. Aparecía a veces, arrastrando su pata y, tan pronto veía a alguien, huía entre las plantas yendo a Dios sabe dónde.
Como su aparición se repetía en ocasiones por una zona concreta junto a una rambla seca, decidí poner un cuenco con comida y otro con agua, un poco escondidos, tras un árbol y cercanos a su punto de huída y escape. Al día siguiente, el cuenco de comida estaba vacío.
Yo no sabía, claro, si era él quien lo comía o eran otros perros u otros animales, ya que por allí también hay liebres, algún zorro que otro, muchos gatos, y hasta un jabalí se ha visto. El caso es que aquello se repetía, yo echaba pienso y luego este desaparecía.
Decidí que tenía que saber si era él o no a quien estaba alimentando a ciegas. Fui a observar escondido algunos ratos libres y, por fin, una de las veces ¡apareció! Fue derecho al sitio a comer y, cuando acabó, se marchó por donde había venido, cojeando, aunque la pata ya no le colgaba tanto como antes. Parecía que empezaba a soldar, o al menos eso queríamos pensar mi mujer y yo.
La segunda vez que lo «cacé» le tomé algunas fotografías, de lejos. con el zoom y, en cuanto me hice ver para llamarlo, escapó corriendo. No pretendía llamar a la perrera, ya que sabía el destino que correría el pobre animal. La inmensa mayoría son sacrificados, aún estando en buenas condiciones; estando cojo era una condena a muerte segura. Lo que quería era avisar a alguna protectora por si ellos, que tienen más experiencia, eran capaces de capturarlo y protegerlo.
De lo que nos enteramos entonces, por casualidad, fue que aquel pobre animal tenía otro ángel de la guarda que lo cuidaba en la medida posible. Era una vecina a la que conocía mi mujer, aunque no vivía muy cerca de nosotros. Ella también le ponía comida y agua. De modo que tenía dos puntos de avituallamiento, aunque no se dejaba acercar a nadie. Su terrible miedo indicaba que había sido maltratado anteriormente.
Pero la situación iba a mejorar, por fin. Aquella vecina consiguió que fuera confiando en ella y la dejaba acercarse más. Eso hizo que pudiera dejarle ropas viejas que le sirvieran de cama, e incluso, con el tiempo, acariciarlo un poco. El paso siguiente era intentar capturarlo. Con ayuda de otra amiga, lo intentaron, un par de veces, pero no lo consiguieron. Huía y escapaba siempre.
Finalmente, consiguieron atraparla. La llevaron al veterinario, sobre todo por la pata, para ver si podía arreglarse aquello. Tenían dudas entre operar, amputar o dejarla tal y como estaba. Entre todos, nos ofrecimos a pagar la operación para restaurar aquella pata. Sin embargo, el veterinario aconsejó finalmente dejarla sin tocar. El hueso había hecho callo y, aunque la pata no estaba muy estética, terminaría por poder apoyarla bien y usarla. Se supo también que no era perro, sino perra. Y que además, estaba preñada.
Lo que sí había que hacer era esterilizarla. Y se hizo. Se perdió la camada, claro. Eran 16 los perritos que llevaba, aunque en fase muy poco avanzada.
Como nadie podíamos quedarnosla en casa, el destino era, tras esterilizarla y recuperarse, seguir alimentándola pero… viviendo en la calle, salvo que se le consiguiera «alojamiento» en alguna institución.
Costó un poco pero, finalmente, entró en una protectora que le dio cobijo. Ahora es una perra feliz y alegre. La bautizaron como «Honey». Hace poco hemos ido a visitarla. Le gusta mucho correr tras las pelotas de tenis y similares. ¡Qué lejos quedan aquellos tiempos en que iba arrastrando su pata!
Me hizo llorar mucho porque los perros tienen el don de hacerme soltar lágrimas; ya sea en la vida real, en la literatura, en el cine… soy así de blandito en el terreno canino.
Pero ahora, ella es feliz, y nosotros, mi mujer y yo, también.
Actualización marzo 2020
Estamos encerrados en casa por el dichoso coronavirus, de modo que tengo algo de tiempo para actualizar la información. Hace unos meses, pocos, tras algún intento frustrado de adopción en Inglaterra, finalmente Honey tiene un nuevo hogar, en Bélgica, como Puigdemont. A ver si hay suerte y se quedan los dos allí para siempre.
Me han llegado fotos de Honey con sus «papás» y hermanos. Hay incluso otro perro muy parecido a ellas. Incluyo las fotos donde se ve que, por fin, se hizo la justicia con la pobre Honey.
¡Que sea feliz por muchos años!. Y gracias infinitas a esta familia belga que decidió acogerla en su hogar.
Una jícara, vaya por delante, es una vasija pequeña, generalmente de loza, según nos explica la RAE. Y, además, suele emplearse para tomar chocolate, en estado líquido, claro, habría que añadir.
Es una especie de chocolatera, más o menos equivalente a la cafetera o a la tetera.
Sin embargo por alguna extraña razón, que no alcanzo a comprender ni he podido localizar, en Cartagena se transforma en un trozo de chocolate, en estado sólido.
jícara de chocolate
Esas deliciosas pastillas del cacao elemento en sus múltiples variedades (puro, con leche, con almendras, avellanas, sal, frutas, y un etcétera infinito) , vienen ya predivididas en porciones que, al menos antes, se llamaban onzas,
Pues, repito, en Cartagena, un trozo de esa pastilla, comprendiera una o más onzas, era una jícara.
Bien es verdad que ya no se le oye a casi nadie y es otro localismo que va camino del cementerio de la globalización.
He estado mucho tiempo sin escribir en este blog. No ha sido por olvido ni desidia. He estado en periodo de reflexión concerniente a diferentes aspectos de mi vida.
Con respecto a esta actividad bloguera en concreto, continuaré elaborando entradas correspondientes a la historia, constumbres, personajes, etc. de mi ciudad. Pero nada más. En el campo reivindicativo ya me he convencido de que los cartageneros no tenemos arreglo.
Recibí ayer un libro de José Javier Esparza titulado «Los ocho pecados capitales del arte contemporáneo» y me acordé de esta foto que tomé hace unos días en una plaza de mi ciudad. La Plaza del Rey, concretamente.
Obviamente, no he leído aún el libro, pero estoy seguro de que esta creación atenta contra uno o varios de esos supuestos pecados. Lo comprobaré.
Hace unos días, un famoso humorista cuyo nombre no diremos, pero que formaba parte del dúo cómico Martes y Trece y no es Millán Salcedo, dijo en una tertulia televisiva que un líder político cuyo nombre obviaremos y que se ha comprado recientemente un caserón de más de medio millón de euros, tenía aspecto de sucio, de no haberse duchado en 3 días.
Como era de esperar, le llovieron las críticas o, dicho en castizo, hostias como panes.
Todo se lo habría ahorrado hablando en icue, o dicho de otro modo, hablando en cartagenero. Por ejemplo, si hubiese dicho que lo veía un poco mantillón. Nadie habría entendido nada (salvo algunos cartageneros, porque la palabra está en vías de extinción) pero lo habrían tomado como un cultismo y habría seguido el debate pacífica e intelectualmente elevado como lo son todos los de La Sexta Noche.
Mantillón
Si se molestan en buscar «Mantillón» en el diccionario de la RAE -bueno, no se molesten, ya les pongo yo el enlace- verán que lo ponen como murcianismo. No le hagan caso a la RAE, que ya está muy mayor. Es un cartagenerismo.
Vahanero. La he buscado y no, tampoco la encuentro en otra parte. Ni su origen.
Es otra palabra propia del habla de Cartagena, ya en desuso, también es cierto.
Quizá ya no se utiliza mucho porque tiene multitud de sinónimos donde elegir: bellaco, truhán, granuja, tunante, bribón, rufián, canalla, sinvergüenza, ladrón, delincuente y algunas más que me dejo en la CPU.
Y habiendo tanto donde elegir, me pregunto ¿qué necesidad tenían mis ancestros cartageneros de sacarse de la chistera otra palabra más para el mismo concepto? Y tan rara, además: vahanero. Ninguna, supongo.
Los cartageneros tienen, tenemos, muy a menudo, ese punto absurdo y surrealista que nadie entiende. Ni nosotros mismos.